Annecy

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Capítulo Uno:  ¿ El Principito?

Vittorio llevaba su nombre en honor a su abuelo, Príncipe de Nápoles desde 1983. Era un hombre apuesto, que llevaba con garbo su metro noventa. Cuando esta historia comienza, él tendría unos cuarenta y algo.

Y estaba en uno de esos días…

Pertenecer a la Casa de Saboya, le había permitido crecer con comodidades poco usuales, típicas de la aristocracia europea, la que aún queda. Culto por obligación, se había educado en Suiza. De toda la riqueza familiar, los viñedos era lo único que le llamaba la atención. Ponía todos sus conocimientos ahí. Pero convengamos que tampoco trabajaba hasta el agotamiento…

Lo tenía todo.

Y no tenía nada.

Para la gente común, como uno, es difícil llegar a comprender. Los que no tenemos, soñamos con que las riquezas mundanas son la máxima aspiración próxima a la felicidad plena.

Nada más lejos de la realidad. Por lo menos para Vittorio, quien sufría de frecuentes depresiones, al no encontrarle sentido a la vida. Un hombre que lo tiene todo, no sabe que hacer al despertarse.

Una vez que llegó a la adultez, luego de terminar sus estudios, volvió a Italia. Ni él ni su familia habían tenido permitido la entrada al país. Peor aún: Vittorio ni siquiera tenía la ciudadanía.  Pero gracias a una gestión papal, pudieron volver.

Y allí empezó la dolce vita, no tal dolce.

Hombre de placeres mundanos, lograba levantarse llegando el mediodía, siempre con resaca y anteojos oscuros, para disimularla. Luego de almorzar con su madre y su hermana, a veces, viajaba hasta los viñedos, a “controlar” la elaboración del vino,  para después regresar a su oficina del piso veinte, en Nápoles, donde se ocupaba del mercadeo.

Entre secretarias y asistentes, más que una oficina empresarial, parecía una agencia de modelos. Su despacho era fuente permanente de recursos femeninos para la noche.

Pero al caer en su almohada, solo sentía un gran vacío. Y se dormía con las preguntas de siempre: cuántos amigos le quedarían si mañana se acababa su fortuna.  Cuántas mujeres lo habían amado realmente.

Vittorio conocía la respuesta de memoria.  La farra interminable y sin límites, lo tenían harto.  Las paredes de sus fosas nasales ya habían empezado a sangrar seguido. De permanecer sobrio, mejor ni hablar.

Tenía un solo hobby que lo motivaba un poco.  Tampoco “uffff cuánto me motiva”! 

Pero algo.

Se trataba del cine. Le gustaba. Lo entendía. Lo entretenía. Admiraba el arte cinematográfico,  por lo que se había acostumbrado en los últimos años, a viajar hasta Annecy, una pequeña comuna francesa, situada entre Ginebra (Suiza) y Chambéry (Francia).

Todos los años,  el pequeño poblado acoge el festival internacional de cine de animación, a principios de junio, los Noctibules en julio y el festival de cine italiano en octubre. Además, cada dos años,  Annecy muestra la bienal de cine español a finales de marzo.

Ese junio, Vittorio encontró a la villa, particularmente poblada. Turistas de todo el mundo, recorrían sus calles.

Y entonces la vio.  La miró sin disimulo. Era como la belleza de  Annecy: perfecta y con perfume a flores.

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