Annecy

Annecy 2

Foto de canalblog.com

Capítulo Tres:  Autodestrucción

Vittorio no las tenía todas consigo. Ya en Italia,  su padre se había visto implicado en un oscuro asunto de corrupción, tráfico ilegal de divisas, falsedad en documento público y favorecimiento de la prostitución (2006), lo que lo había llevado por segunda vez a la cárcel. Victor Manuel de Saboya, padre de Vittorio,  fue absuelto de todos los cargos en 2007 y 2010.

Pero sigamos con Vittorio.

Su sexualidad promiscua y esa vida auto-destructiva  de drogas, alcohol y cuasi-vagancia, era propio de alguien avergonzado. Tenía de qué!  Su familia había sido exiliada en 1946, producto del advenimiento de la república. Su padre, dos veces preso, tampoco lo llenaba de orgullo, precisamente… Y él, no brillaba, para nada.  Una vida cargada de excentricismo y ocio, lo hacía avergonzarse de sí mismo.  Y no era para menos… Periódicamente, caía en depresiones, que solo lograba mejorar, (además del licuado de pastillas psicotrópicas), su hermana.  Él la adoraba. Era lo único genuino en su vida.  Natalia era ocho años menor que él.  Vittorio siempre la había protegido.  No quería que ella viviera su infierno.

Un infierno que lo despertaba en cualquier cama, con agujas aún clavadas en sus venas, descubriendo a su lado,  un desconocido cuerpo desnudo,  casi siempre de mujer, sin tener la menor idea de la geografía.  Ante un rápido llamado, siempre lo rescataba el fiel Andrea, mayordomo al servicio de la familia, desde que tenía memoria.

Ni siquiera recordaba la noche anterior. Sexo promiscuo y sin cuidados. Agujas sin procedencia certera. Todo lo hacía una fácil presa. Inexplicablemente y,  a pesar de sus esfuerzos inconscientes, seguía sano.

Absorto en esos nefastos pensamientos estaba, mientras caminaba bajo el sol estival de esa hermosa mañana en Annecy, al costado del canal, cuando la vio de nuevo.  Esta vez no haría lo del día anterior. No la dejaría ir tan fácilmente.  Le hablaría.

Abril no paraba de fotografiar aquí y allá; las flores; los patos;  la cascada y al cisne que zambullía una y otra vez, su largo cuello blanco, en las aguas inquietas del canal.

No lo había visto.

Vittorio sacó el manual de Casanova y, dirigiéndose a Dolores, le besó la mano diciendo en puro italiano: -“No puedo más que agradecerle el haber creado arte tan bello“-

Dolores lo miraba sorprendida, sin entender nada. Pasaron unos segundos hasta que largó la carcajada, que no hizo más que incomodar a Vittorio.  Había confundido a Dolores con la madre de Abril. La piropeaba con carácter transitivo.

No importó la incomodidad del momento. Él había logrado el cometido.

Llamar su atención.

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