Cabral

 

Cabañas

Capítulo Siete:  El Asesinato

 

La cabaña era humilde, pero ubicada junto a las otras casas de los esclavos, a la vera del río, en plena selva mesopotámica.

La vida transcurría sencilla y, aunque Carmen y Juan, de tres años, caminaban todos los días, al amanecer,  como dos kilómetros, hasta el casco de la Estancia, lo hacían felices.  Ella lo llevaba tomado de la mano, tarareando una canción africana que él nunca olvidó. La voz de su madre era dulce, como la melodía.

José partía cotidianamente, aún antes que ellos, antes del amanecer, hacia el campo. La actividad principal de la Estancia era la del ganado vacuno; pero él trabajaba en las plantaciones de yerba mate.  Aunque no olvidaba sus orígenes guaraníes, había aprendido a integrarse a la cultura del hombre blanco. José no era esclavo. Percibía una paga que, aunque magra, alcanzaba para cubrir las necesidades de su familia. El amor por su hijo y la pasión siempre joven, por su mujer, Carmen, hacía que aquel sacrificio diario, valiera la pena.

Lo único que lo volvía salvaje, era el capataz.  Era una persona no digna, ensañado con José a causa de Carmen. La belleza de su mujer se había convertido en un verdadero problema.  El temperamento sumiso y asustadizo de ella no ayudaban en nada.

El capataz hacía de los días de José, un infierno; notable, a los ojos de los demás.

Era lo único que le recordaba su sangre salvaje. Hervía en sus venas . Tantas veces había deseado matarlo. Tantas veces se contuvo.  No podía perder a Carmen. Ella era todo para él.  Habría que resistir.  O esperar la oportunidad…

Las tareas domésticas de Carmen, la llevaban a hacer el mismo camino todas las mañanas, junto a Juan Bautista. Inevitablemente, aparecía el capataz, a caballo. Se apeaba, solo para molestarla. Le susurraba al oído. La tocaba. La intimidaba.

Juan Bautista, a pesar de su corta edad, sentía que algo no andaba bien, por la tensión de la mano de su madre. No lo soltaba. Sollozaba. No se defendía. El amor que le tenía a su marido, le hacían tolerar esas vejaciones. Estaba absolutamente segura que, sobrevivir sin resistirse, era la única forma de proteger a su José. Quería evitarle problemas. El capataz manipulaba la situación, consciente del ejercicio de su poder.

Carmen y José se amaban intensamente. Se defendían. Se protegían.

Hasta que un día llegó la fatídica fiesta. Era de noche. Más de ochenta invitados en la casa grande. Carmen iba y venía, atareada. Juan Bautista dormía sobre dos sillas, en la gran y transitada cocina, esperando el regreso.

Bien entrada la madrugada, Carmen por fin terminó sus tareas y, alzando a su hijo dormido, emprendió el regreso a casa. Oscuro y frío, no vio la figura que la seguía en el solitario camino.

El capataz la alcanzó y logró reducirla. Tirado encima de ella, pudo controlarla con facilidad. Ella gritaba sollozando, suplicando que la dejara. Juan Bautista, ya despierto, lloraba junto a su madre, sin entender.

Tampoco entendió, cuando detrás de los matorrales, una figura conocida surgió de la nada, con un hacha en sus manos. Un golpe seco pudo escucharse en el silencio de la noche. Las cigarras dejaron de cantar. Todo se detuvo.

Arrastrando el cuerpo muerto, llegaron hasta el río.

Volvieron los tres a su cabaña. Nadie volvió a hablar del asunto.

Pero días después, la policía llegó.

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