Cartas a Ana

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Carta Nº 10:  Conociéndonos

Querida Ana:

                      Es de noche, muy tarde. Ya no queda casi nada del lunes. Estoy extenuada después de semejante día.  Pasado el mediodía, y de una hora de vuelo, pude ver que Abu Dabi está situada en una isla. La vista desde arriba del helicóptero fue hermosa. Cuando aterrizamos, Oscar me tomó de la mano para bajarme segura. Yo llevaba mis tacones de diez centímetros, como siempre. Inapropiado, por cierto. Cuando me vestí esta mañana, no tenía ni idea dónde terminaría. Llevaba puesto uno de mis tailleurs, de Chanel, oscuro, con una blusa de seda,  rosa pálido, escotada. Inapropiada…

                       No me soltó la mano. Al contrario. Me condujo hacia los vehículos que nos esperaban, con su brazo derecho por detrás de mi cintura. Me hablaba pausado. Yo no hablaba nada. Solo asentía con un gesto, cada vez que era necesario.

                  El chofer condujo directo al centro de la ciudad. Pude ver  importantes instituciones financieras como el Abu Dhabi Securities Exchange, el Banco Central de los Emiratos Árabes Unidos y las sedes corporativas de muchas empresas nacionales y multinacionales, que reconocí.  Abu Dabi es uno de los mayores productores mundiales de petróleo; sin embargo y, con buen acierto,  ha tratado de diversificar su economía en los últimos años a través de inversiones en los servicios financieros y turismo. Allí es donde nuestras vidas se cruzaron:

                           Oscar tenía a cargo los negocios familiares, en petróleo, pero él había ampliado su holding personal en  negocios como el turismo, (es uno de los propietarios del hotel donde yo estoy alojada), y en servicios financieros. Por eso no entendí, qué  inclinación había tenido él en nosotros, una industria farmacéutica, aceptando ser nuestro “Agente”… Así que, ensayando mis primeras palabras de conversación, le pregunté directamente, mientras nos bajábamos del auto, para almorzar, qué interés tenía en la Compañía, cuando lo del él eran turismo y finanzas.

-“Ninguno”- respondió.

“En la Compañía, ninguno”- insistió. Mi mirada inquisitiva lo obligó a continuar.

-“Es que me quedé sin saber si te habían gustado las rosas. Tampoco aceptaste mi invitación a cenar, el sábado y además, apagaste el celular. No contestaste ninguna de mis llamadas.  Tuve que encontrar otra forma de llegar a vos.”- me dijo.

Yo me detuve, en la mitad de la escalinata de acceso, y mirándolo fijamente, le pregunté:

-“¿Te estás burlando de mí?”-

A lo que respondió sin dudar:

-“En absoluto”-, tomándome del brazo para que reanudara el paso.

                     A partir de ese momento, comenzó una charla, (interesante, debo reconocer), de temas de actualidad. Me contó sobre cuestiones  básicas de la ciudad de Abu Dabi, como que está geográficamente ubicada en la parte nororiental del Golfo Pérsico en la Península Arábiga. Sus vecinos son el Reino de Arabia Saudí y el Sultanato de Omán y por el norte limita con el emirato de Dubái. Mientras almorzábamos, me contó, aunque superficialmente, su vida. Así supe que, en un par de horas, deberíamos ir nada menos que a visitar al Emir, el Califa bin Zayed al Nahayan, por sus negocios. No tenía absolutamente nada que ver, con cuestiones de ser nuestro Agente. Eran compromisos comerciales personales, que tenía que atender. Yo solo lo acompañaría. (¿Qué?!)

                      Si quería impresionarme, lo estaba logrando. En realidad, estaba logrando mucho más de lo que yo quería admitir. Por más esfuerzos que hacía yo para mostrarme distante y antipática, cada momento que pasaba a su lado, me agradaba más.

                          Tenía dos singularidades que atraparon completamente mi atención: hablaba con frases cortas, pero cargadas de contenido. Uhhhhh… ¡Cómo me gusta eso! Lo relaciono con inteligencia.

                                   Y la otra era que, mientras me hablaba, no dejaba de mirarme directo a los ojos,  fijamente. Uhhhhh… ¡Cómo me gusta eso! Lo relaciono con audacia, coraje, sinceridad.

                                    Estaba complicada, amiga mía. Debía mantener una compostura de mujer dura, distante, ejecutiva. (¿Por?…) Y fui alguien que no soy.  Una máscara de protección, I guess.

                                       La casa del Califa era francamente, impresionante. me sentí tan pequeña…

                                        Me presentó, y yo quedé calladita, sentada a su lado, sin intervenir (sí, sí, ya sé lo que estarás pensando…), mientras el grupo de hombres árabes, conversaban de negocios.  No entendí ni jota. No hablaron en inglés.

                                        Me sentí una mujer árabe. Con todo lo que sea que ésto signifique.  Terminaron caída la tarde. Me saludaron todos muy respetuosamente, Oscar me tomó del brazo y partimos. Me llevó a cenar. A esas alturas, yo hacía verdaderos y desesperados esfuerzos por mantenerme en esa postura de descontento. He sido siempre una mujer demasiado occidental:  independiente a morir, y totalmente retobada con las imposiciones.  Obedecer siempre fue un karma para mí. Difícil.  Esa sensación me estaba matando. Todo el día había sido impuesto. Lo desaprobaba por completo.

                                   (¿O lo que me estaba matando era que me gustara?)  Mientras esperábamos el postre, Oscar se levantó súbitamente, y me dio un corto beso sobre los labios. Y quedó ahí, a poquísimos centímetros, para decirme:

-“¿Cuando vas a empezar a ser vos? ¿Falta mucho?”-

La estupidez que dije después, fue resultado de la sorpresa, de ser incauta, de la no sé qué.

-“Muchísimo”- contesté descortésmente.  Quise rectificar enseguida y busqué desesperada,  alguna frase que mejorara lo anterior. Pero la mente me dejó sola. Oscar, aún levantado por sobre la mesa, y a pocos centímetros, me sonrió, comprensivo, triunfante.

                             Volvió a sentarse, y continuó conversando como si nada hubiera pasado. Terminamos el postre y partimos para tomar el helicóptero que nos llevaría de vuelta.

                    Aterrizamos dos pisos más arriba de mi habitación.  Su gente quedó esperándolo. Oscar me acompañó hasta la puerta, donde me besó como nunca lo habían hecho jamás.  Más estúpida que nunca, solo atiné a buscar temblorosa la tarjeta que abriera mi puerta y, sin decir una palabra, la cerré en sus narices.

                               Y acá estoy amiga querida. Hoy no fui yo, en todo el día. Y lo peor es que me gustó. Gracias a Dios, la Visa expira en diez y ocho días.  Empecé el conteo regresivo.  Lo de Oliver, es hoy jardín de infantes… Ahora sí, que estoy metida en un lío.

                                    Buenas noches, Ani.

                                    Un beso

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