Cartas a Ana

Dubai nocturna

Carta Nº 5:  Érase una vez, Oliver. 

Querida Ana:

                       Mi día empezó temprano, hoy. A las ocho ya estaba en mi oficina. Estoy abrumada de trabajo. El tic tac resuena en mi cabeza. La reunión de Directorio es en dos semanas. Tendré que tener todo listo. Mi principal tarea consistirá en llevar candidatos para ser nuestro “Agente Local”, quien actuará  de patrocinador.  Una vez  elegido nuestro sponsor, será necesario un permiso del Departamento de Desarrollo Económico.

                         Cada vez que Oliver aparece en mis pensamientos, me esfuerzo en recordar la noche de ayer:  la segunda con Alí. Me llevó a recorrer Dubai nocturna. Me encantó. La seguridad, amiga, es muy alta. A los musulmanes no les está permitido ni el alcohol ni las drogas. Sin embargo, Alí me llevó en recorrida por bares, que me llenaron de júbilo. Hay turistas de todo el mundo. Y una música peculiar me embriagó más que los tragos. Alí solo bebió los permitidos. Nada de alcohol.

                               Me divertí mucho. Volvimos al hotel. Y otra noche perfecta embelleció mi vida. El éxito asegurado de nuestros encuentros amatorios,  no solo tiene que ver con Alí y su inconfundible destreza masculina. Debo reconocer que yo tengo una actitud diferente.  Supongo que, saber que él está “trabajando”, derriba mi barrera de inhibiciones que me produce una ausencia total de ansiedad: sé que llego.  Y llego, amiga!  Todas las veces. Más allá de lo caro de su compañía, se está volviendo adictivo.

                                               Pero sirve, a los fines. Después de mi ruptura con Oliver, acepté el puesto en Dubai, porque, más allá del desafío profesional, me pareció suficientemente lejos. Lástima que él no opine igual. Ser el hijo del Presidente de la Compañía, le permite ir donde quiera. Odié verlo ayer. ¿Qué pretende? ¿No fue suficiente, enterarme de su compromiso, en la cena de gala de fin de año? Cobarde!

                              Después de tres años, creí que nuestra relación era perfecta. Evidentemente, no.

                                              Ayer, detuvo el ascensor entre pisos. Su abrazo me apretaba con fuerza mientras me decía cosas que no creo. Horrible. No pude zafarme. Hasta que por fin entendió.  Lo último que recuerdo fue: “No puedo sin vos. No puedo sin vos”.

                                       ¿Qué es lo que no puede? No entiendo. Qué grado de subestimación hacia mi!  Por favor!  Aunque fuera como vos decís, y sea su madre quien presionó para que se case con esa tontita aristocrática francesa, ¿dónde lo deja ?

                                        Ya sé que la madre de Oliver y yo, nunca nos llevamos bien. Pero si es cierto que el casamiento fue su decisión, no tengo más que agradecerle, por sacarme la venda de los ojos.  No quiero a mi hombre sin su hombría.

                                        Me voy a dormir, amiga. Y esta vez, sola!  Ja ja. No puedo seguir con este ritmo.

                                        Beso

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