Coral

Tiburón

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Capítulo Cuatro:  Arrecife

Se le vino encima. Solo atinó a resguardar su rostro con la cámara, que, sumado a la lente, lograba distanciarlo unos centímetros. Thomas estaba tan aterrado que no movió un músculo. Fue el propio animal, que,  encandilado por los flashes intermitentes que disparaba sin cesar el dedo incontrolable, se golpió la nariz y huyó despavorido hacia el fondo.

La experiencia con el tiburón meritaba una subida. Francisco pudo ver toda la escena desde el bote. Jean, desde el fondo.

La excitación del grupo los hacía hablar a los gritos; vociferaban todos a la vez, interrumpiéndose.

Qué comienzo!

A la mañana siguiente, partieron temprano hacia el arrecife. Los seis.

La experiencia del día anterior lo había vuelto menos novato: esta vez bajaría con arpón.   El día era sumamente caluroso. Ausencia total de brisa marina. Sol perpendicular. Perfecto para tiburones.

La pregunta simple de Thomas había despertado una franca discusión en el grupo, arriba del bote. Cada uno defendía con vehemencia su postura.  Había dos opiniones:

– la fama de asesino macabro del tiburón era infundada

– el tiburón era un animal violento y mortal

Thomas escuchó con cautela y, con escasez de fundamentos, prefirió quedarse con la segunda: ante cualquier proximidad, atacaría con su arpón.

Tomó su cámara con la izquierda, y su arma con la derecha. Desde el borde del bote, se inclinó hacia atrás, para hundirse con el envión, en las aguas calmas del Caribe.

Luego de los primeros tres metros y, terminadas las burbujas que emanaban de su tanque de oxigeno, se dejó llevar por la gravedad de su propio peso, hacia las profundidades.

Jean venía detrás, filmando la cristalinidad.

El fondo de arenas muy blancas estaba quieto.  Y entonces lo vieron: a escasos diez metros desde donde estaban, el arrecife de coral se extendía majestuoso portando una belleza increíble. La destreza del mejicano, los había llevado al lugar indicado.

Maravillado con la hermosura multicolor, apenas si pudo dominar el flujo sanguíneo que bombeaba su corazón. Solo sentía paz, quietud y libertad.

Inmerso en esas sensaciones, no la vio venir.

Mejor dicho, no los vio venir.

Jean gesticulaba desaforado. Pero el estado de nirvana, dejó indefenso a Thomas. Hasta que fue tarde. Sintió un dolor desgarrador en su pierna izquierda advirtiendo su propia sangre trepar por su muslo. Un enorme tiburón estaba aferrado a él. Con un impulso cargado de una violencia que no sabía que tenía, ensartó su arpón en la nariz del animal, quien lo soltó de inmediato.

Pero la sangre atrajo a un grupo de tiburones que salieron de la nada y que nadaban a su alrededor, en una danza frenética.

La llegada de los tres lugareños quienes sin tanques, solo con snorquels, ocurrió a tiempo para rescatar a los dos buzos de las profundidades.

Pudieron subir a Thomas al bote.  Afortunadamente, no faltaba músculo. Pero los orificios de los dientes atravesaban toda la pantorrilla. Los tendones cortados le impedían caminar.

Terminaron en el hospital.

La nueva vida no había empezado nada bien.

Pero alguien estaba por llegar.

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