Eclipse

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Capítulo Diez:  Todo sobre ruedas

Alejandro, en esos dos meses, había tratado infructuosamente de olvidarla. ¿Cómo había podido pensar que tan hermosa mujer podría fijarse en él, y su destino eterno en esa maldita silla de ruedas? La tristeza le nublaba la vista. El silencio inundaba su entorno. La soledad, su única compañía.

En Buenos Aires, mientras tanto, habían empezado una nueva etapa. La fricción había terminado. Pero se respiraba cautela en el aire. Catalina trabajaba sin descanso. Ernesto, feliz de haberla recuperado, respetaba sus espacios.

Edith había cambiado su forma de hablar. Ya no usaba el imperativo.  Solo el condicional.

“¿Te gustaría que fuéramos a …?” – preguntaba cautelosa. Había vuelto a la carga. Pero ya no estaba intensa.

La verdad es que la amaban con el alma.  Había armonía entre ellos. Y respeto.

Nadie hablaba de Alejandro.

Catalina, a juzgar por la constancia de su memoria (lo pensaba todo el tiempo) había llegado a una inadmisible conclusión:  Ale significaba para ella mucho más de lo que quería admitir.

Presa de sus propias reglas, no lograba enterarse de noticias de Alejandro. No se filtraba ni un comentario. Ni por descuido. No había descuido.

Tenía impresa en su memoria, la noche que pasaron juntos.

En sus oídos, los susurros.

En su boca, los besos.

En su piel, el olor impregnado.

El perfecto compás de sus cuerpos.

El sabor de la plenitud alcanzada.

Toda la semana había estado inquieta.  Salió de la oficina ese viernes, a la tarde,  turbada. Manejó su auto sin rumbo. Escuchando música. Pensándolo. Supo lo lejos que estaba, al escuchar el bip que avisaba la falta de combustible.  Cargó nafta y siguió sin rumbo. Cayó la noche. El cielo estrellado la mantuvo despierta, manejando… sin descanso. Pensándolo.

Amanecía. El sol naciente dejaba claros y oscuros.

¿Qué era aquella sombra lejana, alta, que interrumpía el llano del paisaje? ¿Montañas?

“Dios mío, ¿dónde estoy?” – se preguntó sobresaltada.

Luego de la curva, a la vera del camino, distinguió la tranquera de la estancia.  Quedó un buen rato, con el auto en marcha, decidiendo.  Se bajó.

Y abrió la tranquera.

Fin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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