Eclipse

Mi escritorio

Foto de domenico loia

Capítulo Tres: Conociéndose

Catalina salió muy contrariada del ascensor, directo a su oficina, que quedaba justo antes de la de su jefe.  El desconocido la seguía.  Hasta que vio venir a Ernesto,  sonriente, hacia su dirección.

“Qué contento está de verme esta mañana!”-pensó Cata.

Hasta que advirtió que esa sonrisa no era para ella.

“Hola, hijo. ¡Qué alegría! ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dos años?” – preguntó Ernesto abrazando a su hijo afectuosamente.

Catalina quedó atónita.  Por supuesto que sabía de la existencia de Alejandro. Y conocía su triste historia. Pero nunca se habían conocido.

A Ale le pasó lo mismo. Siempre supo de Cata.  ¡Su madre solo hablaba de ella, cada vez que lo llamaba!

Ernesto, aunque no entendió, distinguió la rareza del ambiente. Y se apuró a presentarlos.

Alejandro, lejísimo de aflojar su mal trato, la miró con dureza y dijo:

-“Pueda ser que ahora que sabés quién soy, me pidas una disculpa.”-

A lo que Cata respondió:

-“Para nada.  Solo veo a un hombre hostil. Poco importa si está sentado. “-

Y pegó media vuelta, haciéndose escuchar con sus tacones, hasta que estuvo en su escritorio, sentada sin mirar atrás.

Ernesto no entendía nada. Sin embargo, pudo adivinar la rara expresión de su hijo, que había dejado de ser adusta. Extrañamente, parecía haberle agradado la cruda respuesta de Catalina.

Juntos entraron a la oficina de Ernesto, a ponerse al día.  La puerta estaba cerrada. Cata no podía escuchar lo que hablaban, aunque, en varias ocasiones,  creyó escuchar su nombre.

Promediando el mediodía, Catalina había olvidado los sucesos de esa mañana, por completo, debido a la apretadísima agenda que la mantuvo a las corridas.

Hasta que la llamó Ernesto, a su despacho, y la invitó a almorzar con ellos.  Cata pudo sentir la mirada escrutiñadora de Ale, que la recorrió de la cabeza a los pies. Tanto, que logró ponerla incómoda. Una vez más.

Se negó, con una excusa cualquiera, que ninguno creyó.

Fue entonces cuando, sorpresivamente, Alejandro le dijo:

-“Si no podés ahora, entonces te paso a buscar esta noche a las nueve. ” –

Y no esperando una respuesta, simplemente hizo rodar su silla dejándola desorientada, y sin palabras, lo cual era bastante difícil.

Los dos hombres partieron a almorzar, conversando alegremente, mientras Cata quedó intentando resolver el acertijo:

-“Qué diablos pasó aquí?”-

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