Eclipse

Casa con piscina

Foto de William Lemond

Capítulo Cuatro:  Eclipse

Durante la tarde, Alejandro se había instalado en la mansión, para la alegría incontenible de sus padres.  No se animaban a preguntar, pero todo indicaba que se quedaría por unos días.

Lo vieron arreglarse para su cita.  Todo estaba saliendo según lo planeado:  gozosos  de la alegría que Catalina había llevado a sus vidas, Ernesto y Edith habían soñado con que la joven y Alejandro se enamoraran, algún día.  Querían desesperadamente, que su hijo saliera del aislamiento auto-impuesto, que lo mantenía en esa depresión aletargada. Vivía en la estancia que tenían en la cordillera, a mil quinientos kilómetros de la ciudad donde residían, en total soledad.

Habían pasado cinco años desde el accidente. Pero Alejandro no parecía querer volver a la vida.

¡Le habían insistido tanto, para que viniera a pasar unos días con ellos!  La intención era presentarlos. Desde luego, ni Cata ni Alejandro, sabían nada.

Al verlo arreglarse para la cita de esa noche, albergaban esperanzas, en silencio.

Hasta que sonó el teléfono. Era Catalina, quien claramente, le avisaba a Alejandro, que no estaría disponible.

Ale no pudo disimular.

Al día siguiente y, durante el resto de la semana, la joven pareja pasó largas horas evitándose, en la oficina.  Las pocas veces que era inevitable encontrarse, Alejandro era particularmente agresivo con ella.  Un odio profundo crecía en el corazón femenino.

En cambio, en el de Alejandro, sucedían muchas cosas.  Su mal humor para con ella, era la plena demostración de lo que sucedía.  Él se resistía como podía. Estaba enojado consigo mismo, por no  evitarlo.  Hasta que llegó el sábado. Cata no supo vencer la experta insistencia de Edith:  era tarde de piscina.   La joven se consoló pensando que se iría temprano, apenas fuera posible. No quería estar al lado de ese ricachón engreído, resentido y grosero.

Cuando llegó estaban todos en la pileta.  Incluso Alejandro.  Cata pudo ver su silla vacía.

Traía, como siempre, la tarta de manzanas que enloquecía a Ernesto.

Y se sacó el vestido. Su bikini azul francia era invisible frente a su cuerpo perfecto.

Alejandro quedó aferrado a las barras de los bordes de la piscina. Perplejo.

El eclipse fue total. Pero de una sola mano.

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