Eclipse

Montañas

Foto de Kordi Vahle

Capítulo Cinco:  La estancia

Catalina nadaba alocada, para regocijo de los presentes. Tenía esa chispa interminable que alegraba el día… y las mentes. Imposible no reír, a su lado.

En un momento donde Cata hacía piruetas acuáticas, no advirtió lo cerca que estaba de Alejandro. El roce de sus cuerpos semi-desnudos duró solo unos instantes. Pero fueron suficientes.  Cata salió apurada y sobre todo, confundida. Quedó en silencio, el resto de la tarde.

Edith hablaba sin parar, como siempre;  Cata asentía con un gesto, simplemente.  Parecía turbada.  Sobre todo cuando, al atardecer, ya en el deck, tomando unos tragos a lado de la piscina, Alejandro lanzó la granada: partiría de regreso al día siguiente.

Se hizo un incómodo silencio, cargado de la tristeza parental y de la confusión de Catalina, quien, discretamente, anunció su retirada.  Al despedirse, besó cariñosamente a Edith, se colgó del cuello de Ernesto, como siempre,  y cuando se agachó para besar la mejilla de Alejandro, no pudo eludir la trampa, y un fugaz contacto en la boca masculina, la hizo estremecer.

La estancia quedaba en la Patagonia. Ese lunes Catalina fue a trabajar, como de costumbre.  La pena de Ernesto era manifiesta. La oficina de la vice-presidencia seguiría vacía y oscura.

Los días pasaron. Catalina no era inmune.

Hasta que el miércoles a la noche, salió corriendo de la ducha, porque su celular sonaba.

Hablaron hasta la medianoche. Alejandro era tan dulce!  Hablaba lento, pausado.  Ella, todo lo contrario. Un torbellino de palabras, cada vez que le tocaba su turno. Él escuchaba paciente.

Y llamó al día siguiente… y al día siguiente…

Hasta que Catalina se descubrió esperando los llamados.  ¿Qué estaba pasando ahí?   Hasta ese momento, eran solo conversaciones entre amigos.  Nada indicaba otra cosa.  Cata no percibía ninguna otra señal.

Habían pasado tres meses, ya.  El otoño amarilleaba el casco de la estancia.  Repentinamente, ese sábado, mientras pasaban la tarde apacible de lluvia citadina, Ernesto les contó que deberían viajar al campo.  Edith miró a Catalina, y como dándolo por sentado, comenzó a organizar el equipaje que ambas deberían preparar.

Cata se dejó llevar.

Cuando quiso acordar, estaba en un avión particular, volando hacia la Patagonia, en compañía de Edith y Ernesto.

Desde arriba, pudo ver el paisaje.

Las aguas del Nahuel Huapi, bañaban la orilla del parque de la casona.  El casco era preciosísimo.

Cuando bajaron del avión,  cierta desilusión imperceptible  nubló la azulísima mirada de Catalina. Los esperaba el capataz.

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