Eclipse

Dormitorio

 

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Capítulo Seis:  Desnudez

Don Humberto había trabajado para la familia, desde hacía catorce años.  Después del accidente, ante la decisión de Alejandro, de vivir en la estancia, el capataz no solo administraba el campo, si no que se había hecho cargo de Ale. Lo cuidaba. No lo perdía de vista.  No necesitaba cumplir las órdenes de sus patrones en cuanto a no dejarlo solo nunca. Don Humber (como lo llamaban cariñosamente) lo hacía naturalmente.  Quería a ese muchacho como si fuera su hijo. Después de todo, lo conocía desde pequeño.

Alejandro había salido indemne de sus dos intentos de suicidio. Estuvo Don Humber, llegando a tiempo.

Desde la ventanilla de la 4×4 donde viajaban desde el aeródromo hasta el casco de la estancia, Cata pudo ver la hermosura de la geografía.  Y se sintió feliz.

La camioneta estaba detenida, mientras esperaban que Don Humber abriera la tranquera. Cata, mientras tanto, no pudo sino gozar del paisaje: un arroyo ruidoso y cristalino, bajaba de la montaña, camino al lago, donde desembocaba.  El cielo se había cerrado de nubes oscuras.  Cuando llegaron a la gran casona, y se bajó del auto, pudo embelesarse con el aroma a pinos y ozono. Olor  a lluvia.

De Alejandro, ni noticias.

La habitación de Catalina, la dejó sin palabras.  Desde allí, la vista que tenía era increíble.  Había venido sin ganas. No quería dejar Buenos Aires. Pero ahora agradecía la insistencia de Edith y Ernesto.  La casona estaba hecha de piedra, troncos y madera. El lugar era bellísimo.

Se disculpó por no bajar a cenar.  Después de aquel baño caliente, la noche se le había venido encima. Solo quería acostarse y quedarse dormida. Mañana sería otro día.

A la madrugada, la inquietó un aliento cerca de su boca. Su sueño se hizo más ligero. Supo que la destapaban. Pudo sentir el frío de la noche en su piel desnuda.  Entonces, lo vio, con sus ojos apenas entreabiertos.  Sentado a su lado, Ale la observaba en silencio.  Cata ya estaba suficientemente despierta como para saber lo que estaba sucediendo. Pero no abrió los ojos.  Engañosamente, permaneció quieta, respirando lento, tratando de entender por qué estaba procediendo así.  El escudriño delicado de Alejandro, a su desnudez, le producía una sensación de gozo sensual que la confundía. Y se dejó llevar… Él, a estas alturas, ya había corrido las sábanas por completo e, incrédulo, no dejaba de asombrarse de la perfección.  Entonces, quiso más. Suave, muy suave, apenas perceptible, tocó con su mano aquel cuerpo deseado. Tan deseado.

Y Cata fue traicionada. Por ella misma. Comenzó a moverse al compás, incapaz de controlar sus emociones.  La reacción de Alejandro fue inmediata. Con solo la fuerza incontenible de sus propios brazos, logró soportar el peso de su cuerpo y saltar desde la silla hasta el arco iris.

La noche se hizo dulce, lenta, inexplicable.

Una y otra vez.

Hasta que un fino haz de luz anunciaba el amanecer.

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