Eclipse

Avión

Foto de Stodwa

Capítulo Ocho: La Partida

Los acontecimientos se le habían venido encima, uno tras otro, sin prever, sin decidir, sin provocarlos. Simplemente, había caído de a apoco, y sin notarlo,  en las redes de esta familia, adinerada, poderosa, acostumbrada a conseguir siempre lo que quería.  Cata se sumergió en un letargo auto-impuesto, para pensar. Necesitaba alejarse.

Alejandro quedó en silencio, vistiéndose, adivinando el futuro.  Cata caminó desnuda hasta la bañera, dispuesta a pasar un largo rato a solas.  Ale entendió.

La reacción de Catalina dejó perplejos a todos, cuando llegando el mediodía, y alistándose para almorzar,  la vieron bajar con las valijas. Aunque sonreía, de ninguna manera significaba alegría. Solo estaba sometida a   un potente auto-control, tratando de demostrar cortesía. Pero estaba decidida.

Se dio cuenta que la familia había sido absorbente con ella. Al punto de controlar su vida. No iba a permitirlo. Volvería al origen: en el trabajo, sería la ejecutiva perfecta, al servicio de Ernesto y la Compañía. Terminada la jornada de trabajo, apagaría el celular, y volvería a su antigua vida: sus amigos, la pintura al óleo, clases de piano y, por qué no, a sus clases de tenis.

¡A Edith la apreciaba tanto!  ¡Pero ya no quería más sábados impuestos, ni quinientas llamadas por día!

En cuanto a Alejandro… ese era otro tema.  No podía más que reconocerse a sí misma, la atracción que sentía por él. Tampoco, olvidar esa noche. La química era total. Hubiera podido ser… Pero esa entrada al dormitorio, haciendo pública una relación, que ni siquiera había comenzado, con la intervención de Edith y Ernesto… era too much.

No pudieron convencerla. Le hablaron, le rogaron, le pidieron disculpas, pero Cata pidió un taxi.  Para todo ésto, Ale había permanecido en silencio, observándola.  No había dicho una sola palabra.

La vieron partir. Y la casa quedó en silencio.  Dos horas después, el avión sobrevolaba el casco, rumbo a Buenos Aires. Habría que darle un tiempo, pensaron. Y luego lo resolverían. ¡Eso estaba descontado!

Ale aún podía oler su perfume en el corredor.

El cielo se cubrió de nubes negras y una lluvia tupida y persistente, bañó los bosques durante toda la noche, como una analogía a los llantos que cada uno tuvo, en privado.

La suerte estaba echada. No había otra alternativa más que esperar.

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