Eclipse

Globo

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Capítulo Nueve: Sin lazo alguno

La actitud de Catalina les había cambiado la vida.  Parecía un globo infantil al que le habían soltado el hilo:  subía y subía, altanera, sin dirección aparente, perdiéndose a lo lejos, poco a poco.

Cumplía sus horas de trabajo a la perfección. Era tan eficiente que Ernesto no dejaba de sorprenderse. Cata se conducía con corrección, amabilidad y cortesía.  Él lo había intentado todo. Pero la joven contestaba con evasivas, distante… Terminaba su jornada y desaparecía velozmente, para no dar ocasión a conversaciones estériles…

Edith había dejado, finalmente, de llamar. El celular de Cata estaba siempre apagado.

Habían pasado dos meses. Ale no la había llamado.

Y llegó ese día fatal, cuando Ernesto vio sin querer, la carpeta curricular de Cata, sobresaliendo del bolso de cuero, colgado en el perchero. Así supo que Catalina, su Catalina, planeaba dejar la Empresa.

Fue demasiado.

Ese martes, Cata llegaba a su departamento, cayendo la noche, toda transpirada, en zapatillas y con la raqueta en la mano, cuando sobresaltada, vio a Edith y Ernesto esperándola en el palier.  Le pareció inapropiado que se presentaran sin avisar. No sabía que Ernesto la había descubierto. Así que,  frunciendo el ceño,  aunque sin dejar de ser cortés, los invitó a subir.

Y hablaron. Hasta bien avanzada la noche. Ernesto lo hacia con cautela, pensando cada palabra que decía. Edith se mantuvo callada, salvo un par de interrupciones acongojadas.

Catalina solo habló de valores. El poder de la familia la tenía sin cuidado. Enfatizó en varias ocasiones, que la fortuna  no la impresionaba.  Creía en la evolución de sus propios méritos.  Y que les había entregado su cariño honesto y desinteresado para recibir solo imposiciones.  ¿La habían llevado a la estancia, como un juguetito para entretener a Alejandro? ¿Ella era, acaso, un número telefónico más, en la agenda?

La frase que tantas veces le escuchó decir a Ernesto en el trabajo: “todo tiene un precio”, ¿aplicaba para ella?

Ahora sabrían que no.

El cuerpo aún transpirado de Catalina y el desalíneo de su cabello, no eran nada en comparación con la expresión orgullosamente altanera de su mirada.  Ofendida a morir.

Y entendieron.  Esta vez, tocaba perder. No estaban acostumbrados…

Así que, Ernesto, haciendo uso de su experiencia, sus años, su sapiencia madura, apeló a lo que sabía hacer tan bien: negociar.  La pregunta que sobrevino, desconcertó a Catalina. La dejó sin respuesta aparente.

“No queremos perderte”- aseveró Ernesto. “Jamás quisimos hacerte daño”– continuó por lo bajo. “Solo poné tus condiciones y obraremos en consecuencia”- concluyó, quedándose a la espera de la respuesta de Cata.

Un silencio expectante inundó la sala.  Catalina demoró la respuesta. Había mostrado el punto. Sería respetada como lo que era: una mujer independiente, con valores profundos, orgullosa y sensible.

En señal de aprobación, Cata se acercó a Edith y la abrazó con cariño. Recibió mucho más que eso.

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