El pescador

Índice

Capítulo 1. La peor de las sensaciones

Capítulo 2. La simpleza de la vida

Capítulo 3. Descubriendo otra vida

Capítulo 4. La recompensa

Capítulo 5. Hablando distinto

Capítulo 6. La lluvia

Capítulo 7: El Faro

Capítulo 1:  La peor de las sensaciones

Había elegido una playa lejana. Necesitaba pensar. Salí de Pilar al amanecer, en mi camioneta, habiendo cargado lo esencial. Hice una valija a las apuradas. No era una partida. Era una huida.  Elegí la soledad, para volver a encontrar mi eje, contrariando a mis hijos, quienes con sus alocados argumentos, lo último que querían era dejarme sola.

Pero yo emprendí la retirada.  Salí sin rumbo definido. Solo pensaba en la calma del mar. Viré hacia la ruta este y conduje hasta que se hizo de  noche, escuchando una música suave y los latidos de mi propio corazón.

Los pinos me anunciaron la geografía. Había llegado.

La casa estaba sobre la playa.  Era pleno invierno. La noche caía fría pero estrellada.  Acomodé mi ropa y me senté frente al hogar encendido. El living era inmenso y vidriado. Podía ver la arena, moviéndose con la brisa marina. La espuma incandescente  alumbraba las olas. No distinguía el horizonte.  El cielo era una continuidad nocturna del océano.

Un satélite entretuvo mi atención, por unos instantes. Y luego, la nada. Mi mente voló hasta el infinito. ¿Qué era la vida?  ¿Cómo había llegado hasta  allí?  A mediana edad, sola, con mi futuro hecho añicos.

Todo se volvió gris.

Y luego oscureció por completo. Desperté en el sillón de la sala, con el bullicio de unos jóvenes pescadores de mariscos, que se adentraban al mar, provistos de sus botes, que cargaban en su hombros, como si no pesaran nada. Pude distinguir sus cuerpos musculosos, y su piel brillante, del sudor del esfuerzo. El día había comenzado.

Y mi nueva vida, también.

Atrás quedaba el escándalo, la tristeza y el engaño. La peor de las sensaciones no fue descubrirlo con ella. Ni siquiera, saberlo capaz de estafar de aquella manera tan burda, fuente repudiable de nuestra holgada calidad de vida. Pude soportar la vergüenza de semanas en la Corte, enterándome de la vida paralela que había llevado Fernando.

La peor de las sensaciones fue, sin duda, dejar inconclusa la única pregunta relevante:

¿ Cómo nunca me di cuenta de nada? Esa sensación de idiotez suprema, me estaba volviendo loca.

¿Cómo no ví, con tantas señales al alcance de la mano?

La sensación de sentirme la más estúpida de las mujeres, no me dio tregua. Era ella la que me impulsaba a estar sola. Debía re-encontrarme conmigo. Perdonarme. Estimarme de nuevo .

Pantalón blanco, de hilo. Camisola blanca, desabrochada al descuido. Descalza y con el cabello sueldo, desprolijo, como ofreciéndolo libre, al viento suave de esa mañana fría pero soleada, caminé durante horas, por la orilla. Por momentos, el agua salada alcanzaba mis pies. Los pliegues del pantalón, mojados, se  acomodaban pegados a mi piel.

Respiraba profundo, en modo zen, buscando un mínimo bienestar que mejorara mi ánimo. El graznido ensordecedor de las gaviotas me hacían volver a la tierra.

El  sol perpendicular a mis ojos, anunciaba el mediodía. No había ´comido nada desde el día anterior . Vi a lo lejos, un pequeño lugarcito de donde venía un olor tentador , a pescado frito. Alcancé a distinguir una chimenea humeante. Mi estómago me llevó hacia allá.

Y entonces, lo vi.

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