El pescador

Capítulo 1:  La peor de las sensaciones

Había elegido una playa lejana. Necesitaba pensar. Salí de Pilar al amanecer, en mi camioneta, habiendo cargado lo esencial. Hice una valija a las apuradas. No era una partida. Era una huida.  Elegí la soledad, para volver a encontrar mi eje, contrariando a mis hijos, quienes con sus alocados argumentos, lo último que querían era dejarme sola.

Pero yo emprendí la retirada.  Salí sin rumbo definido. Solo pensaba en la calma del mar. Viré hacia la ruta este y conduje hasta que se hizo de  noche, escuchando una música suave y los latidos de mi propio corazón.

Los pinos me anunciaron la geografía. Había llegado a Cariló.

La casa estaba sobre la playa.  Era pleno invierno. La noche caía fría pero estrellada.  Acomodé mi ropa y me senté frente al hogar encendido. El living era inmenso y vidriado. Podía ver la arena, moviéndose con la brisa marina. La espuma incandescente  alumbraba las olas. No distinguía el horizonte.  El cielo era una continuidad del océano.

Un satélite entretuvo mi atención, por unos instantes. Y luego, la nada. Mi mente voló hasta el infinito. ¿Qué era la vida?  ¿Cómo había llegado hasta  allí?  A mediana edad, sola, con mi futuro hecho añicos.

Todo se volvió gris.

Y luego oscureció por completo. Desperté en el sillón de la sala, con el bullicio de unos jóvenes pescadores de mariscos, que se adentraban al mar, provistos de sus botes, que cargaban en su hombros, como si no pesaran nada. Pude distinguir sus cuerpos musculosos, y su piel brillante, del sudor del esfuerzo. El día había comenzado.

Y mi nueva vida, también.

Atrás quedaba el escándalo, la tristeza y el engaño. La peor de las sensaciones no fue descubrirlo con ella. Ni siquiera, saberlo capaz de estafar de aquella manera tan burda, fuente repudiable de nuestra holgada calidad de vida. Pude soportar la vergüenza de semanas en la Corte, enterándome de la vida paralela que había llevado Fernando

La peor de las sensaciones fue, sin duda, dejar inconclusa la única pregunta relevante:

¿ cómo nunca me di cuenta de nada? Esa sensación de idiotez suprema, me estaba volviendo loca.

¿Cómo no ví, con tantas señales al alcance de la mano?

La sensación de sentirme la más estúpida de las mujeres, no me dio tregua. Era ella la que me impulsaba a estar sola. Debía re-encontrarme conmigo. Perdonarme. Estimarme de nuevo .

Pantalón blanco, de hilo. Camisola blanca, desabrochada al descuido. Descalza y con el cabello sueldo, desprolijo, como ofreciéndolo libre, al viento suave de esa mañana soleada, caminé por horas por la orilla. Por momentos, el agua salada alcanzaba mis pies. Los pliegues del pantalón, mojados, se  acomodaban pegados a mi piel.

Respiraba profundo, en modo zen, buscando un mínimo bienestar que mejorara mi ánimo. Las gaviotas me hacían volver a la tierra.

El  sol perpendicular a mis ojos, anunciaba el mediodía. No había ´comido nada desde el día anterior . Vi a lo lejos, un pequeño lugarcito de donde venía un olor tentador , a pescado frito. Alcancé a distinguir una chimenea humeante. Mi estómago me llevó hacia allá.

Y entonces, lo vi.


Era tan simple y tan dulce…

Capítulo Dos: La simpleza de la vida

A medida que me acercaba, advertía la simpleza del lugar: una barra de madera con banquetas, dos mesas redondas pequeñas con cuatro sillas , algunos lugareños dispersos por ahí, la muchachita joven atareada sirviendo las bebidas y aquel gentil hombre, con un raído pullover tejido a mano, color azul, con una gorra de capitán, que supo conocer mejores tiempos.

Estaba atareado. Imaginé que era el dueño del lugar, porque su delantal blanco lo delataba, además, como el cocinero. Todos le hablaban al mismo tiempo. Le llamaban «el Capitán». Se las ingeniaba para atenderlos al unísono.

Pero tuvo tiempo, sin embargo, para verme aproximar. Su incansable sonrisa me convenció de estar en el lugar correcto, en el momento correcto, con la gente correcta.

Apurado hizo despejar una de las mesitas, con un chasquido de sus dedos su hija trajo un mantel impecable, y la mesa estuvo puesta para mí, en menos de un minuto.

No había una carta de menú.

Se comía la pesca de esa madrugada.

Mientras esperaba mi pedido, pude observar la extrema pulcritud del lugar. Y advertí, además, la súbita calma que habitaba mi espíritu. ¿Cuál era la magia allí? o ¿quién?

Todos me saludaron como si nos conociéramos. ¡Esas costumbres perdidas en la vida de la urbe citadina! Incliné mi cabeza, correspondiéndoles.

Enseguida llegó Gimena, con mi cerveza. Y a los pocos minutos, apareció él, con un plato de rabas fritas. «Limón para acompañar«- me dijo. Dio vuelta la silla de enfrente, con el respaldo por delante, y se sentó con su botella de cerveza, conversando como si nada.

Afuera, el día, aunque medio nublado, estaba frío pero calmo. Como yo. La sonrisa acaparadora de mi interlocutor distrajo por completo mis penas. La comida, riquísima. La cerveza, helada. Mi compañero de mesa, imperdible. Descubrir que en lo simple, también se encuentra la vida. ¿Qué más podía pedir?

¿Acaso aquello que sentía era alegría?

De a poco los lugareños, comenzaron a acercarse a la mesa y, al promediar la tarde, todos reían, hablaban fuerte, contando historias para no olvidar.

Yo, mientras tanto, estaba subyugada con los acontecimientos. Surgió la misma pregunta que el día anterior, pero ¡en tan diferente contexto! :

«¿Era eso la vida? ¿Cómo había llegado hasta ahí?»

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