El pescador

 

Era tan simple y tan dulce…

 

Capítulo Dos: La simpleza de la vida

A medida que me acercaba, advertía la simpleza del lugar: una barra de madera con banquetas, dos mesas redondas pequeñas con cuatro sillas , algunos lugareños dispersos por ahí, la muchachita joven atareada sirviendo las bebidas y aquel gentil hombre, con un raído pullover tejido a mano, color azul, con una gorra de capitán, que supo conocer mejores tiempos.

Estaba muy ocupado. Imaginé que era el dueño del lugar, porque su delantal blanco lo delataba, además, como el cocinero. Todos le hablaban al mismo tiempo. Le llamaban «el Capitán». Se las ingeniaba para atenderlos al unísono.

Pero tuvo tiempo, sin embargo, para verme aproximar. Su encantadora sonrisa me convenció de estar en el lugar correcto, en el momento correcto, con la gente correcta.

Apurado hizo despejar una de las mesitas;  con un chasquido de sus dedos,  su hija trajo un mantel impecable y la mesa estuvo puesta para mí, en menos de un minuto.

No había una carta de menú.

Se comía la pesca de esa madrugada.

Mientras esperaba mi pedido, pude observar la extrema pulcritud del lugar. Y advertí, además, la súbita calma que habitaba mi espíritu. ¿Cuál era la magia allí? o ¿quién?

Todos me saludaron como si nos conociéramos. ¡Esas costumbres perdidas en la vida de la urbe citadina!  Incliné mi cabeza, correspondiéndoles.

Enseguida llegó Gimena, con mi cerveza. Y a los pocos minutos, apareció él, con un plato de rabas fritas. «Limón para acompañar«- me dijo. Dio vuelta la silla de enfrente, con el respaldo por delante, y se sentó con su botella de cerveza, conversando como si nada.

Afuera, el día, aunque empezaba a nublarse,  estaba frío pero calmo. Como yo. La sonrisa acaparadora de mi interlocutor distrajo por completo mis penas. La comida, riquísima. La cerveza, helada. Mi compañero de mesa, imperdible. Descubrir que en lo simple, también se encuentra la vida. ¿Qué más podía pedir?

¿Acaso aquello que sentía era un recreo para mi alma herida?

De a poco los lugareños, comenzaron a acercarse a la mesa y, al promediar la tarde, todos reían, hablaban fuerte, contando historias para no olvidar.

Yo, mientras tanto, estaba subyugada con los acontecimientos. Surgió la misma pregunta que el día anterior, pero ¡en tan diferente contexto! :

«¿Era eso la vida? ¿Cómo había llegado hasta ahí?»

Capítulo tres: Descubriendo otra vida

El ocaso me invitaba a volver a la casa. El viento alto había vuelto a disipar las nubes. El cielo aparecía teñido de las últimas luces solares. Esta vez, elegí el camino sin asfalto, bordeado de pinos, que contagiaban el aire, con perfume a madera. Apuré el paso, por el frío del atardecer. Pero mi alma, aunque triste, estaba en calma. No podía dejar de sorprenderme por el día transcurrido: rodeada de gente extraña, simple, que supo hacerme sentir que la vida continuaba. Llegué a la casa y llené la bañera. Las velas encendidas, la música suave y la copa de vino blanco helado, no fueron suficientes. Lloré gran parte de la noche, recordando cada detalle de los recientes acontecimientos del pasado.Incrédula.Me despertaron los discretos golpecitos de la puerta de enfrente. Estaba amaneciendo. ¿Quién venía a esas horas, a rescatarme de esas pocas de horas de sueño mal dormido, interrumpido por pensamientos lúgubres, incontrolables?Con mi pijama a rayas, mi cabello desordenado y el ceño fruncido, abrí la puerta y sobrevino lo inesperado:-«Buen día, Sisi. Vengo a buscarla para pescar nuestro almuerzo» – dijo el Capitán, extendiendo su mano e invitándose a entrar, como la cosa más natural del mundo. De nada valieron mis protestas. –«Le preparo el desayuno mientras usted se viste. Abríguese. Nos adentraremos al mar.» – dijo camino a la cocina.Botas, medias de lana, el pullover largo y la campera negra, con capucha, era todo lo que había traído. Me senté en la banqueta del desayunador, muda, mientras el Capitán me servía tostadas francesas y café. Me hablaba sin parar. Yo solo lo observaba. Su pelo blanco y sus ojos celestes, mostraban raíces europeas. De lugareño, no tenía nada. Era bastante mayor que yo, y de aspecto robusto. Sus modos eran simples, pero educados. Así fue como me encontré un amanecer, en el medio del oleaje embravecido, en una barcaza de pesca, con una tripulación de cuatro heterogéneos hombres de mar. Me castañeteaban los dientes de una manera vergonzante. No tenía bien claro si era de frío o de susto. Creo que ambos. La proa golpeaba al ritmo del oleaje, que salpicaba de lleno en mi ropa precaria. El Capitán me había puesto un raído salvavidas que no me inspiraba suficiente confianza. El tráfico en la cubierta era impresionante. Corrían de un lado al otro, sin chocarse entre sí, milagrosamente. El sonar de la cabina, anunciaba el cardumen ansiado. Íbamos directo hacia allá. Yo no solo no servía absolutamente de ninguna ayuda, sino que a duras penas, lograba mantener el equilibrio. Cuando la proa chocaba con el oleaje marino, mis pies «levitaban» en el aire haciéndome gritar cada vez. Dos horas después ya no me salía voz. Pero habíamos alcanzado al cardumen. Fascinada, observaba la destreza de aquellos hombres, tirando la red por la borda. Y la algarabía que se respiraba en el casco, cuando la subían llena de peces saltarines, que luchaban infructuosamente por seguir con vida. El protagonista absoluto era el Capitán , quien atentamente me miraba de soslayo, sin perder el control absoluto de la actividad en el barco. El día de trabajo había sido todo un éxito. La tripulación no podía ocultar la alegría. Se acercaba el mediodía. Más de cuatro horas de labor, anunciaban la hora de volver.

Capítulo Cuatro: La recompensa

A poco de haber pegado la vuelta, vi como aparecían de la nada, las otras embarcaciones , también cargadas del precioso equipaje. Había sido uno de esos días donde la pesca fluía por doquier. A pesar de la distancia, se reconocían y saludaban con demostraciones sinceras de regocijo por el éxito. Vi extrañada, cómo los cuatro hombres de nuestro barco, bajaban un bote del guinche, hasta tocar el agua. Me saludaron con gestos de complicidad y se marcharon rumbo a las otras barcas. La proximidad de la costa había calmado las aguas. Tardé en darme cuenta que en el barco solo quedaba el Capitán , quien con una destreza acostumbrada, había prendido la parrilla a gas envasado. Mientras cocinaba el pescado, improvisó una mesa, y sirvió un par de copas de buen vino blanco, que estaba convenientemente frío. Yo no salía de mi asombro. Con un sol tibio de mediodía invernal, me descubrí almorzando en la cubierta de aquel rústico barco, el pescado fresco, en el medio del mar, a solas con el Capitán. No encuentro palabras para describir el momento . Pero sentí que era la justa recompensa del universo, aquietando esta alma herida y desencantada. El Capitán me hablaba con respeto, pero con una confianza propia de los amigos de toda la vida. Como si nos hubiéramos conocido desde siempre. A su lado, todo parecía posible y natural. Si tuviera que describirlo con una sola palabra , elegiría «auténtico «. Hubo dos momentos, cuando me acercaba la copa llena nuevamente , donde nuestra manos se rozaron . Pude sentir su piel áspera del yugo cotidiano y su vida expuesta al sol, al viento y al agua salada. Todo era simple pero increíblemente perfecto. No sentía una atracción pasional por ese hombre. Sin embargo, me hallaba en calma, segura, confiada, protegida. Lo que más me gustaba de su conversación era que no me preguntaba. Yo le estaba tácitamente muy agradecida. No quería hablar de mí. Oír sus relatos llenos de gracia, adornados por sus gestos y su voz masculina, me transportaban a otro lugar. Un mejor lugar, de donde no quería salir. Cuando llegamos a la costa, de un salto pudo alcanzar el muelle y atar el barco. Me tendió los brazos y me bajó como si yo no pesara nada. Su brusquedad estuvo lejísimo de molestarme.

Capítulo Cinco: Hablando distinto

Terminó de atar las amarras y enseguida aparecieron sus hombres, para hacerse cargo de la preciada carga: la pesca del día. El Capitán entonces, me ofreció su brazo mientras caminábamos por el muelle, camino de regreso. Mis atributos comunicacionales, a esas alturas eran nulos: entre que mis cuerdas vocales seguían «en modo protesta» por mis gritos alocados durante las primeras horas de navegación y que encontraba fascinante la conversación del Capitán, la verdad es que yo no hablaba casi nada. Él lo advertía pero no hacía ningún comentario al respecto, cosa que yo agradecía en silencio . A nuestro paso, todos los lugareños lo saludaban afectuosamente . Las primeras horas de la tarde ya habían transcurrido , cuando llegamos a mi casa. Pude haberlo invitado a pasar, pero me abstuve. Le tomé ambas manos entre las mías y le agradecí con toda la honesta elocuencia de la que fui capaz. Sinceramente, la había pasado genial. No me había acordado de Fernando. Pero tocaba volver a estar sola, en la casa, permitiendo que los pensamientos fluyeran sin obedecerme. Luego de ducharme, tuve que «encremarme» completa: a pesar de que era invierno, el sol, el aire, el viento, la humedad marina, habían hecho estragos con mi piel. Elegí un libro, me senté junto al hogar encendido, puse música y traté, infructuosamente , de controlar mi mente. Cada vez que un pensamiento referido a Fernando me ponía triste, trataba de acordarme algún momento de lo vivido ese día de pesca. Ayudaba a disipar la pena. Incluso descubrí que estaba aprendiendo un nuevo lenguaje: antes, los calificativos comunes, diarios, eran: «profesional…adinerado… empresario,…lujoso…carísimo…»En cambio ahora, recordando lo vivido los últimos dos días, los calificativos que venían a mi mente tratando de describir los momentos, eran muy diferentes: auténtico… simple… sincero… calma…segura… protegida…¡Qué cambio de paradigmas!Llegaban las tres de la mañana y yo seguía despierta. Había dejado la casa totalmente a oscuras, lo cual me permitía distinguir las figuras de afuera, a pesar de la noche oscura. Ví las luces de los tres grandes buques, a lo lejos, alineados esperando su turno para cargar en el puerto, a treinta kilómetros de ahí. Solté mi imaginación, permitiendo crear un mundo de fantasía arriba de esos barcos. ¿Cuánta gente viviría en ellos? ¿Cuánto tiempo pasaban en alta mar? ¿Serían extranjeros?

Me descubrí descubriendo el mundo.

A pesar de los muchos viajes que habíamos realizado en tantos años de casados, y de la vida social que, sin duda había sido ajetreada, mi mundo había transcurrido circunscripto a pasar el día en mi consultorio odontológico, regresar a casa y ocuparme de mis hijos y a esperar a Fernando (ausente muy seguido). Los fines de semana estaban organizados por él: eventos sociales y club, de vez en cuando. Siempre pensé que eso era la vida. No supe ver.

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Capítulo Seis: La lluvia

La lluvia había actuado de música relajante para mí. Eran las diez de la mañana y yo dormía acurrucada en un costado de la cama, acostumbrada a compartirla. Un aroma inconfundible a café recién hecho, me despertó. Tardé unos minutos en reaccionar. ¿Quién estaba en la cocina? No me asusté del todo. Era más bien, inquietud. Mientras recorría la casa en pijamas y descalza, escuché las conversaciones en voz baja y el ajetreo. Eran el Capitán y Gimena, preparando el desayuno. Mi mirada de pocos amigos, fue suficiente para que ambos quisieran explicarme al mismo tiempo, que sólo querían ofrecerme un desayuno especial. Así supe que la casa era de ellos dos, al igual que varias propiedades por el estilo. Sus ingresos más importantes no provenían de la pesca, si no de los alquileres turísticos . Lo de pescador, había resultado solo una forma de vida, que él disfrutaba. Gimena pronto lo dejaría para asistir a la universidad, y para el Capitán era importante seguir en actividad. Evidentemente, mi tristeza se veía desde lejos: ambos fantaseaban con adivinar cuál era el motivo de la pena. Alquilar una casa de playa, en pleno invierno, llegando de noche y sola, no lo hacía muy difícil. La cuestión es que, viendo el día lluvioso, gris, frío e invernal, ambos pensaron en hacerme compañía. Habían logrado ponerme contenta. No estaba sola. Gimena era una veinteañera, más bien bajita, que recién ahora se había decidido a seguir estudiando. Cumplidos sus diez y ocho años, terminando la secundaria, había muerto su madre. El suceso les había cambiado la vida. Esther, era todo para ellos. El duelo les duró varios años. Ahora, parecía estar lista para dejar sus pagos, mudarse a la capital y dejar a su padre solo, que era, sin dudas, lo que más le costaba.

En temporada turística, Gimena no paraba: se ocupada de la atención de los pasajeros en las tres casas. El acuerdo era que, todos los años ella volvería para Navidad y trabajaría todo el verano. No era bonita, pero su voz delicada y sus modales tímidos, la hacían parecerlo. Estaba vestida con sencillez. Se expresaba de forma educada y hablaba con mesura, ante la mirada constante de su padre embelesado. Era su única hija. Para el mediodía, yo sabía mucho sobre ellos.

Sorpresivamente, el Capitán me recordó que yo seguía en pijamas. Mientras Gimena ordenaba la cocina, yo fui a vestirme y el Capitán, sólo esperó.

Una tarde sorprendente sucedería.Faro

Capítulo Siete: El Faro

Cuando terminé de vestirme, me puse mi abrigo con capucha (el único que había traído) y me dispuse a aceptar la invitación del Capitán. Llovía torrencialmente . No imaginaba dónde iríamos con ese mal tiempo. Gimena ya se había ido y mi nuevo amigo esperaba en su vieja camioneta, en marcha. Al subirme, él me lanzó esa mirada… tan masculina. ¡Hacía tanto que no la sentía! El vello de mis brazos se erizó. ¿Qué me querían decir esos ojos? Una mirada profunda, con una extraña mezcla de admiración y ternura que penetró rauda al centro de mi alma y tatuó mi corazón para siempre.Esos ojos que lo dijeron todo. Y yo me sentí mujer. Salimos a los corcovos. Los neumáticos resbalaban en la arena mojada. Finalmente, el motor tomó fuerza y el vehículo enderezó su marcha. Adivinando mi pensamiento, me aseguró que el viento del oeste despejaría el cielo, corriendo la tormenta de agua hacia el mar. -«Pronto dejará de llover»- aseveró. No quise contradecir al lugareño. Pero la verdad es que dudé. Los limpiaparabrisas no daban a vasto. La lluvia caía implacable. Su conversación, mientras conducía, era amable, agradable, tranquila. Yo lo escuchaba con atención, disfrutando el momento, y absolutamente consciente de sentirme viva. No sabía hacia dónde íbamos, pero no me importaba mucho. Percibía esa profunda sensación de ser libre. Libre para ser yo misma. Por primera vez, en tantos años, no tenía que aparentar ni exigirme. Media hora más tarde, algunas nubes, aunque negras, comenzaron a disiparse. La lluvia había cesado casi por completo. Y entonces, lo vi. Aún lejos, pero muy visible, se erguía imponente, el Faro. Tenía unos 180 m de altura. El faro se había reconstruido varias veces y sufrido numerosas modificaciones. Hoy, además de la señal marítima, alberga también un museo en el que pueden visitarse tanto la torre como sus cimientos. Ese era el paseo de la tarde. Estacionó lo más cerca que pudo. Dio toda la vuelta para abrirme la puerta y entonces agarró mi mano, para ayudarme a bajar. El voltaje se notó. ¿Sería acaso, mi alma solitaria tratando de asirse desesperadamente a un nuevo cometa? No sería justo para el Capitán. Llegamos al Faro y me contó la historia, mientras subíamos interminables escalones hacia el cielo. Y su relató empezó así:-«Los faros tienen algo, un encanto antiguo, algo de magia, algo de embrujo y también de misterio contenido si tenemos en cuenta que incluso los fantasmas, parecen tener cierto apego a estos majestuosos dioses costeros ahora casi olvidados por el tiempo.» – dijo con una sonrisa escéptica.-«A pesar de estar en desuso desde 1960, el faro se puede visitar y es, sin duda, una atracción para todo amante de los misterios. ¿La razón? Aquí reside un fantasma obsesionado con la limpieza, puesto que la lente del faro, jamás presenta ni un poquito de polvo. El capitán Marcos Efren fue el encargado de cuidar el faro a lo largo de 47 años. Era un hombre muy escrupuloso, metódico y obsesionado con la limpieza y el orden. Así lo recuerda al menos su esposa Sara. Los encargados del museo, suelen cambiar de lugar un trapo que usaba el viejo Efren para limpiar la lente, comprobando que al día siguiente, este trapo vuelve a su lugar original y la lente, luce siempre sin nada de polvo.»- continuaba el Capitán. Hablaba y subía las escaleras sin cansarse. Yo a esas alturas, escuchaba con atención respirando agitada. Él me llevaba aún de la mano. El museo era simple, ubicado en las pocas habitaciones circulares del lugar, donde supo vivir la pareja durante tantos años. Hasta que finalmente llegamos a la parte más alta, donde atravesando una puerta de hierro , bastante oxidada, accedimos a un «balcón» y allí suspiré. La vista era increíble. Advirtiendo mi resistencia a salir hacia el exterior, el Capitán, sin soltarme la mano, pasó su brazo por mi espalda. Permanecimos admirando el paisaje marítimo, interrumpidos sólo por las ruidosas gaviotas. No era París. Pero en esa simpleza, experimenté paz interior y seguridad protectora de esos rudos brazos masculinos. ¿La vida me estaba hablando?

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