Hablemos de la amistad

Definamos:

La amistad (del latín amicĭtas, de amicus, amigo) es una relación afectiva entre dos o más personas. La amistad es una de las relaciones interpersonales más comunes que la mayoría de las personas tienen en la vida. La amistad se da en distintas etapas de la vida y en diferentes grados de importancia y trascendencia. La amistad nace cuando las personas encuentran inquietudes y sentimientos comunes al igual que confianza mutua. Hay amistades que nacen a los pocos minutos de relacionarse y otras que tardan años en hacerlo. (Wiki)

Reflexionemos:

Uno puede vivir sin tener hijos, y ser feliz de todas maneras.

Uno puede elegir vivir sin pareja, y ser feliz de todas maneras.

Vivir sin amigos? … Imposible.

Ahí va el cuentito:

Había una vez, Mónica.  Nos conocimos en el Jardín de Infantes adonde iban nuestros dos hijos mayores. Su Daniela y mi Lucas iban juntos a “salita de dos”. Han pasado treinta y dos años de ininterrumpida amistad.

Sus hijas me dicen “tía”.

Mis hijos le dicen “tía”.

No es una amiga.

Es la amiga.

La vida nos dio el beneficio de agobiarnos por turno: cuando ella pasa por un mal momento, yo estoy eufórica de felicidad. Y viceversa. Eso nos ha permitido  que una de las dos está siempre fuerte para la otra.

No solo compartimos la misma edad, sino las mismas vivencias, los mismos gustos, las mismas preferencias, los mismos proyectos de vida…

Nos diferencian solo la religión y el temperamento. Ninguno de los dos ha sido nunca un problema.

Sobre la primera, jamás hemos tenido un disgusto. Simplemente nos respetamos.

En cuanto al temperamento, ella maneja con habilidad y estrategia, mi carácter alocado.

Ufff. Qué distinta hubiera sido mi vida sin ella. Su perpetua incondicionalidad me es francamente imprescindible.

Un día, en reconocimiento a un trabajo bien hecho, una empresa me regaló una noche de cena y casino para dos personas. All inclusive.

Producción cinematográfica: las mejores pilchas, tacos altos, y perfume francés:  a divertirse!

Llegamos. Mesa para dos, con un cartel Reservado. Comimos a discreción y marchó completita la botella de Malbec.

Yo enfilé para la ruleta; Moni a las maquinitas.

Los ludopatíacos advirtieron de inmediato que yo estrenaba ruleta ese día. Al verme rodeada de señores, creí inocentemente que esa era mi noche de racha. Pero no. Solo era la cábala de los fulleros.

Mientras tanto una amable señorita me servía unos tragos exquisitos, una y otra vez…

A Moni también.

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Varias horas después y, habiéndome ya resignado a que los señores no me darían ni bola, enfilamos para el bar, donde la noche de show recién empezaba.

El mozo, tan atento, trajo y trajo…

Hora de volver.

Yo manejaba. Moni de copiloto.

La larga fila de automóviles se movía lenta, por el control de alcoholemia, que paraba todos los autos, sin saltear.

Cuando por fin nos tocó, encendí las luces interiores del auto, para ser vistas por la autoridad.

Vieron a dos señoras serias, adultas. Unas damas.

Quebrando el brazo a la altura del codo, nos hicieron señas de seguir.

Amanecía.

Entre las dos, logramos insertar la llave de la puerta.

 

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