Hablemos de la vanidad. Part I: La femenina

Vanidad femenina

Definamos:

“Orgullo de la persona que tiene en un alto concepto sus propios méritos y un afán excesivo de ser admirado y considerado por ellos”, dice el diccionario.

Reflexionemos:

Aunque realmente no la hay, si quisiera hacer una diferencia entre la vanidad femenina y la masculina, puedo acercar el bochín,  si digo que la primera se asocia con la belleza física, mientras que la segunda, con los logros sobre todo económicos.

Es así porque cada género le da importancia a distintas situaciones:

Nosotras pecamos de vanidosas (frecuentemente), en lo que se refiere a nuestro aspecto físico. Aquella mujer que se sabe bella, es realmente insoportable. No sé qué piensan ustedes, los hombres, ante estas situaciones. Tal vez, les guste.  Yo, en cambio, encuentro particularmente incómodo, el momento en donde estoy con una mujer vanidosa, que posa cual modelo todo el tiempo, sin poder encontrarle ni un solo momento genuino. Es más: me da “vergüenza ajena”. Trato de comprenderlas. Supongo que no es fácil manejarse con humildad, cuando la mujer se sabe bella.  La comprendo. No signifique que la justifique.

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Ahí va el cuentito.

Hace poco más de dos años, vino a verme una mujer al Estudio, referida por otros clientes. Buscaba asesoramiento impositivo.  Mi secretaria la anunció por chat, y yo la esperé en mi oficina (queda en el piso de arriba).

No terminaba aún de subir las escaleras, y yo, (olfato adiestrado ) ya percibía el perfume importado.

Hasta que llegó al umbral de mi puerta y sí. Era francamente hermosa. Treinta y tantos.  Desde donde estaba hasta la silla que le ofrecí, habría tan solo tres o cuatro metros. Y la ví caminar…  Totalmente sobre-actuada, cual modelo en pasarela, la miré aproximarse. Percibió mi desaprobación al instante (por desaprobación entiéndase mi terrible cara de or ). En ese mismo instante decidí que nunca sería mi clienta. Admiro la autenticidad. Y la pregono.

” Porque estoy facturando U$ 50.000 por mes”….. y habló y habló habló. Y del Mercedes que tenía… y la casa en Cipolletti.  Su pareja (un muy conocido urólogo de Nqn), había insistido para que viniera a asesorarse conmigo.

Cuando terminó la lista de bienes, (yo hasta ese momento, muda), me animé a preguntar finalmente….

-“Qué actividad tenés?”-

-“Doy clases de yoga a los ejecutivos de Perez Companc”- respondió.

Apresada en mi asombro, débilmente repregunté:

-” Adónde?”-

-“Por todo el mundo”- respondió.

Lo cual era cierto.  Lo de viajar por todo el mundo, digo.

A los quince minutos yo ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces que había dicho  “porque yo, porque yo, porque yo…”.  Solo habló de ella, ella, y ella, y luego de ella. Wonder Woman.  Toda la alocución, convenientemente enriquecida con pestañeo permanente, cruzó y descruzó las piernas, humedecía los labios cada cinco minutos, el tintineo de las pulseras, sonando al compás, tiraba la cabeza para atrás, acomodando el pelo….  Y comprendí.  Si hacía solo la mitad de lo que hacía,  frente a un hombre, seguramente lo tendría a sus pies (que de paso, también tenía lindos, con unas sandalias taco aguja, de charol, con pulsera en el tobillo) ( si, si, no faltaba nada)…

Uauuuuuu. Por Dios, qué mujer narcisista.

Yo, mientras tanto, recliné el respaldar hacia atrás, y la observé desde otra dimensión, como colgada del techo, sintiéndome la más vieja, fea, gorda y mal vestida de las mujeres. Encima, puteo todo el tiempo.  No le sentí ni un “tontito”.

Habló durante una hora.

Y finalmente, vino la revancha. Me levanté de mi asiento, extendí la mano y le dije:

-” Lo siento, no puedo ayudarte”.-

Convengamos que no soy Blancanieves.  Ante una mujer increíblemente bella, vanidosa y narcisista, quién surgió ??

Efectivamente. Mi lado más oscuro.  Ese “losientonopuedoayudarte”, me salió con un tono que no sabía que co-habitaba dentro de mí. La sorna, el desprecio, la envidia y vaya uno a saber que otros maléficos sentires… todos se apoderaron de mí. Y en cinco segundos, pude  regocijarme del placer de hacerla sentir una hormiga.

Epílogo: “No hay mejor cura para una mujer vanidosa, que bajarla de un hondazo”.  ( Pensamiento filosófico de esta autora).

VJ

 

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