Hablemos de las fiestas de fin de año

 

Definamos:

La Navidad (en latín: nativitas, ‘nacimiento’)?, también llamada coloquialmente «pascua»,  es una de las festividades más importantes del cristianismo, junto con la Pascua de resurrección y Pentecostés. Esta solemnidad, que conmemora el nacimiento de Jesucristo en Belén, se celebra el 25 de diciembre en la Iglesia católica, en la Iglesia anglicana, en algunas comunidades protestantes y en la mayoría de las Iglesias ortodoxas. En cambio, se festeja el 7 de enero en otras Iglesias ortodoxas como la Iglesia ortodoxa rusa o la Iglesia ortodoxa de Jerusalén, que no aceptaron la reforma hecha al calendario juliano para pasar al calendario conocido como gregoriano, nombre derivado de su reformador, el papa Gregorio XIII. El 25 de diciembre es un día festivo en muchos países celebrado por millones de personas alrededor del mundo y también por un gran número de no cristianos.

Los angloparlantes utilizan el término Christmas, cuyo significado es ‘misa (mass) de Cristo’. En algunas lenguas germánicas, como el alemán, la fiesta se denomina Weihnachten, que significa ‘noche de bendición’. Las fiestas de la Navidad se proponen, como su nombre indica, celebrar la Natividad (es decir, el nacimiento) de Jesús de Nazaret. (Wiki)

Reflexionemos:

A pesar de las numerosas ocasiones en que he escuchado renegar a la curía, desacreditando  el protagonismo de Papá Noel en las celebraciones navideñas, adjudicándole falsas costumbres paganas nor-orientales, la verdad es que fueron los mismos cristianos los que lo hicieron nacer.

“Papá NoelSanta ClausSan NicolásViejito (o Viejopascuero son algunos nombres con los cuales se conoce universalmente al personaje legendario que según la cultura occidental trae regalos a los niños por Navidad (la noche del 24 al 25 de diciembre), en directa semejanza a los regalos que recibió El Niño Jesús al nacer.

Es un personaje que formaba parte del antiguo mito solar del solsticio de invierno al que el cristianismo sincretizó con la figura del obispo cristiano de origen griego llamado Nicolás, que vivió en el siglo IV en Anatolia, en los valles de Licia (en la actual Turquía). Era una de las personas más veneradas por los cristianos de la Edad Media, del que aún hoy se conservan sus reliquias en la basílica de San Nicolás de Bari, Italia. (Wiki)

Aclarado el punto, vayamos a nuestra historia.

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Ahí va el cuentito:

Había una vez, un 31 de diciembre de 1996. Acaba de concretarse la separación definitiva del padre de mis tres.

Bisagra de mi vida.

A pesar de que toda mi familia, padres, hermano, sobrinos,   primos y amigos, se iban a pasar las Fiestas a Las Grutas (incluyendo a Miguel), yo, sin decirle nada a nadie, tomé otros rumbos.

Cargué a mis tres, a mi autito pequeño, y,  cual pueblo español después de Franco, extendí el brazo diciendo: “Carguen lo que quieran”. Cada uno hizo su bolso (yo no supervisé lo que ponían) y cargaron una montaña de juguetes, pelotas, bicicletas, y como si eso fuera poco, subieron las dos caniches de 45 días, que yo había conseguido recientemente.  Los muchachitos percibieron un aire de cambio, y la algarabía fue total.

Cargué nafta, puse la música al palo, y partimos. Destino desconocido. Libertad.

Habían pasado apenas cincuenta kilómetros , cuando me ví obligada a parar en una estación de servicio (Villa Regina) . Estábamos tan cargados (y además tan mal cargados) que las luces bajas alumbraban a la luna.  Durante esos cincuenta kilómetros todo el tráfico de la ruta me re putió, y me hacía señas enloquecidas, hasta que entendí que encandilaba. Pude ver la cara iluminada de los conductores, que venían de frente,  vociferando groserías, y agitando el dedo mayor para arriba; incluso escuché los gritos de uno totalmente fuera de sí, que me gritó… vieja loca.

Acomodamos las luces y seguimos. Lucas tenía 14, Diego 12 y Gabriel, 5 años.  El viaje de ida fue inolvidable. La música aturdía el desierto de la ruta 22, los muchachitos comían lo que querían, adentro del auto, ensuciando por doquier (eran nuevas sensaciones para ellos), parábamos donde queríamos, sacábamos fotos, hablábamos, nos contábamos, fuimos felices.

Mil cien kilómetros después, pasamos por una playa que se llama Pinamar. Lucas y Diego, a los gritos, : -“Ésa, ma. Vamos a ésa!-

Pegué el volantazo y entramos en Pinamar. Alquilamos una casa a dos cuadras de la playa. Llegamos muy tarde. A dormir.

El disfrute empezó a la mañana siguiente, cuando casi al mediodía, sentí la presencia de Lucas, paradito al lado de mi cama,  tratando de entender qué sucedía.

“- Ma… son casi las doce y estamos durmiendo”- dijo confundido.

(Mis hijos y yo, durante todos esos años, habíamos sido acostumbrados a levantarnos temprano los domingos, para “aprovechar el domingo”… Teníamos que levantarnos a las siete, para preparar la canasta de picnic, cargar la lancha si era verano, o la moto si era invierno… Cargar, cargar y cargar.  Descargar y ordenar el domingo a la noche, al volver a casa. Los lunes, en el trabajo, siempre esa sensación, con una semana por delante, que estaba más cansada que nunca. )

Sigo.

A lo que contesté: “Hijo mío, cada uno hará lo que quiere. “

A los dos minutos, los tres saltaban en mi cama, tratando de levantarme.

Malla, bronceador y unos billetes, y a la playa. Para qué más.

Tirada en la arena, cual reptil, disfruté del sol haciendo una enorme cantidad de nada. Los muchachitos iban y venían del agua, corrían por la playa haciendo amigos, y yo supe, en total soledad,  mirando al cielo,  que una nueva vida comenzaba.  No sabía si sería mejor. Sólo la certeza de que sería diferente.

 

 

 

 

 

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