Hablemos de las vacaciones

Definamos:

“La palabra vacaciones deriva del latín vacans, participio del verbo vacare: estar libre, desocupado, vacante (como un puesto de trabajo). Vacuus: vacío, desocupado libre. Vacui dies: días de descanso Vacatio (-ionis): dispensa, exención.” (Wiki)

Reflexionemos:

Las vacaciones son un medio excelente para superar la ansiedad y dejar atrás tensiones estresantes. Para ello, el destino que se elija, para el período, debe ser adecuado. Hasta principios del siglo XX era común que los médicos escogieran cuidadosamente las vacaciones para sus pacientes, como se hace en general con los medicamentos.

Son muchas las personas que argumentan que consideran indispensable la soledad, y el tranquilo aislamiento que pueden brindarles las vacaciones, arrancándolas del despelote de las ciudades. Sin mucho cuidado se embarcan en grupos de ritmo loco para su descanso y cuando terminan con su agitado viaje retornan más tensos y cansados que cuando partieron.

Muchos piensan que las vacaciones, conceptualmente, están identificadas con un largo viaje. Tal vez no aciertan a encontrar el camino para practicarla en casa en el curso de la vida de todos los días. Pascal se refirió a ésto cuando dijo que la infelicidad del hombre se cimienta en que no ha podido aprender a disfrutar de la paz de su habitación.

Vacaciones breves y reiteradas proporcionan una especie de cura o convalecencia natural. 

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Ahí va el cuentito:

Había una vez, nuestra primera casilla rodante. Acabábamos de comprarla. Para nosotros era “motor-home”. La realidad era diferente: un cacharro viejo, que supo ser colectivo en otra vida, y que había sido abandonada por sus dueños, en el fondo del galpón, por años. Cuando fuimos a comprarla, subí para conocerla por dentro. El olor a encierro y a un montón de cosas más, casi me voltea.  Recuerdo que yo respiraba cortito.

La compramos apenas una semana antes de salir de vacaciones. Queríamos llegar hasta Esquel. Nuestra “motor-home” era grande. Daba para invitar.

Las víctimas fueron mis padres, mi hermano Eduardo y mi prima Carolina, que en esos momentos tendría unos quince años.  Lucas, el mayor de mis hijos, tenía seis meses.

No hace falta echar a rodar la calculadora. Efectivamente. Éramos siete.

Y partimos al mediodía del 01 de enero. Después de haberla cargado de valijas, y tantas otras cosas…

Ochenta, noventa era todo lo fuerte que íbamos.

Apenas una hora después, llegando a Senillosa, algo inesperado sucedió: Escuchamos un ruido y enseguida llegó Fahrenheit…

El ruido a burbujas de Copahue, no era otra cosa que el agua del radiador. El motor dejó de funcionar y gracias a la capacidad conductiva de Miguel, logramos estacionar en la banquina, aprovechando el último envión.

El motor no estaba en el capot, como en el resto de la industria automotriz. Estaba adentro, en la cabina…

Cual héroe de caricaturas, Miguel respondió rápidamente a la incontingencia, haciéndose cargo de la situación: y abrió la tapa del motor…

De inmediato la cabina se nubló y todo se derritió.

Nosotros abrimos la puerta de atrás y, cual ratas de barco, salimos disparados hacia los yuyos…  Eran las dos de la tarde, de un primero de enero, en Senillosa.

Poniéndole el pecho a las balas, quedaron los dos héroes adentro, sin escafandra. A pelo, nomás.

Mi madre, mi hermano, Lucas y Carolina, transitaban la dificultad como podían, reparados en la sombra de un arbusto.

Yo saqué la reposera  y me puse bronceador.

Horas más tarde, lograron arrancarla nuevamente. Y partimos. Destino incierto pero felices.

Mientras tanto, en Roca, mi dentista se casaba por segunda vez. Pero ahora con mi amiga Alejandra, de mi edad. Quince años menor que él. Estaban tan enamorados. Recuerdo que Víctor había mantenido en secreto el lugar elegido para la luna de miel. Soñaba con estar a solas con su flamante y jovencísima esposa, en un lugar alejado del mundo, donde no los encontrara nadie.

Y nosotros viajamos y viajamos, divertidos y felices en nuestra “motor-home”.

Hasta que, maravillados con el paisaje sureño, sin cruzarnos con nadie en el camino, (estábamos muy lejos), mi padre, espiando por la ventanilla derecha, dijo :

“- La orilla del lago escondido tras el bosque, es bellísima. Bajemos!”-

Miguel, sin dudar, volanteó cuesta abajo, por una huella casi intransitable. Y llegamos.

Nos sorprendimos al descubrir una carpa, en el medio de la nada.

-“¿Acampando en este remoto lugar?”- pensamos.

Pudimos ver la mirada asesina de Victor, quien, en cuatro patas, salía de la carpa para saludar al bullicioso grupo.

 

 

 

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