Hablemos de los demonios

 

Definamos:

” Un demonio o daemon, es un ser sobrenatural descrito como algo que no es humano y que usualmente resulta malévolo, el cual puede causar una posesión demoníaca y puede ser expulsado por el ritual del exorcismo. “ (Wiki)

Reflexionemos:

El psicólogo Wilhelm Wundt  señala que, las actividades atribuidas a los mitos de demonios alrededor del mundo, son solo creencias populares  para explicar lo maligno.

 Sigmund Freud, en cambio, sigue sin pegar una conmigo:  afirma que el concepto de los demonios se deriva de la importante relación de los vivos con los muertos: «El hecho de que los demonios son siempre considerados como los espíritus de aquellos que han muerto recientemente (?), muestra mejor que nada la influencia del luto sobre el origen de la creencia en demonios». (? )(What?)

M. Scott Peck, un psiquiatra americano, identifica a “los demonios” con características de personas malvadas, a las cuales califica como trastornos de carácter

Y ahí me quedo yo: con Peck.  Y los trastornos de carácter.

Peck llegó a la conclusión de que la posesión era un fenómeno raro en relación con el mal: “Las personas poseídas en realidad no son malas, están haciendo frente a las fuerzas del mal…”- dijo.

Ahí va el cuentito:

Había una vez, un caballo. Yo era una chiquilina, que visitaba por primera vez una estancia,  “La Peregrina”, en los alrededores de Mar del Plata. Habíamos sido invitados a pasar unas vacaciones, por unos amigos de mis padres a quienes quiero tanto que los confundo con familia.

No tuve que insistir demasiado: mi padre siempre cumplía mis caprichos. Me subieron a un caballo y me enamoré.  Aunque advirtió de inmediato la inexperiencia de su ocasional amazona, el noble animal cabalgó obediente a pesar de la libertad de las riendas.

Mi amor por los animales es manifiesta. Salvo algunas excepciones, me gustan todos. El caballo se lleva el primer puesto.

Ya cumplidos los cuarenta, un amigo me invitó a una carrera de caballos.

Acepté encantada.  Nunca había ido.

jockey

Antes de comenzar el espectáculo, y, gracias a la especial e influyente compañía, pude acercarme al caballo más lindo que ví en mi vida. Su jockey, alistado, me saludó con cortesía,  inclinando la cabeza, dejándome acariciar al brioso animal. Arisco como pocos, sin embargo, se dejó. Sentí la humedad de su piel transpirada.

Palco y larga vistas para seguir a mi preferido.

Ver como era castigado con la fusta, para obligarlo a acercarse a los primeros puestos, hizo que yo empezara a sentirme mal.  Cada golpe me golpeaba.

Una mezcla de pena, tristeza, enojo e impotencia, fue un coctel explosivo.  Aunque fueron  solo minutos, a mí me pareció un siglo.

Al dar vuelta y entrar a la última recta, pude ver un hilo de sangre corriendo de la nariz, que hiperventilaba.  Ese cuadro fue mucho para mí.

caballo

Corrí  endemoniada, hasta la llegada. Y lo ví. Imagen que ha quedado en mi retina.  El animal sangraba por la nariz. El mundo de las carreras de caballos era para mí un gran desconocido.  Tal vez, para los amantes del “turf”,  sea una situación cotidiana.

Mis demonios en ebullición, me dejaron mal parada: el jinete bajó del caballo en mi dirección, y yo, cuando lo supe bajo y flaquito, me abalancé sobre él, y totalmente poseída, lo agarré de las solapas gritándole un discurso lleno de irrepetibles y obsenos insultos, que me dejaron expuesta frente al sorprendido público de mi alrededor.

Me sacó mi amigo a la rastra. Sentí que mis pies no tocaban el suelo.

Seguí vociferando improperios, pataleando en el aire, agitando los brazos amenazadores.

Esos demonios nunca se fueron.  Vuelven cada vez que recuerdo aquel momento. Volvieron hoy, al escribir la historia.

Poseída

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