Hablemos de violencia. Nuestra parte escondida

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Definamos:

“La violencia fue asociada desde tiempos muy remotos a la idea de la fuerza física y el poder. Los romanos llamaban vis, vires a esa fuerza, al vigor que permite que la voluntad de uno se imponga sobre la de otro.” (Wikipedia)

Reflexionemos:

Solemos creer que la violencia es necesariamente atribuida a una persona que convive con ella, de forma permanente, y que forma parte de su personalidad.  Pero hay que tener en cuenta que no necesariamente se trata de algo consumado y confirmado; la violencia puede manifestarse también , en nosotros mismos, en algún momento aislado de nuestra vida, donde  por un hecho fortuito, nos hemos sentido amenazados.

O sea, cuando la violencia es la expresión contingente de algún conflicto social puede darse de manera espontánea, sin una planificación previa minuciosa.

La violencia puede además ser encubierta o abierta; estructural o individual.

Aunque de temperamento firme, mi personalidad me aleja absolutamente de una vida violenta. Incapaz de golpear, mucho menos matar, solo puedo recordar una sola experiencia, donde emergió un costado que yo no conocía de mí.

esquiador

Ahí va el cuentito:

Había una vez, un fin de semana invernal. Un loco viaje hasta Caviahue en pleno julio. Los caminos estaban cortados, por las intensas nevadas. Después de Zapala, fuimos los únicos en la ruta. Nadie transitaba.

Con cadenas en todas las ruedas, y primera de fuerza, en la caja de cambios, Miguel logró subirnos desde Caviahue hasta cinco kilómetros antes de Copahue. No hubo forma de continuar.  Quedamos varados, en el medio de la nada, absolutamente solos:  Lucas, con siete años, Diego con cinco, Miguel y yo.

La consigna de Miguel era hacer esquí de fondo con Diego. Desoyendo mis súplicas, preparó dos mochilas con comida. Su plan era llegar hasta Copahue, almorzar a la vera del volcán y volver antes de las cuatro de la tarde.  Vi partir a Diego, esquiando feliz detrás de  su padre.  Miré a mi hijo alejarse con un bulto de nada en la garganta que me impedía tragar.  Hasta que ya no lo ví.

Lucas estaba con anginas, con fiebre.

Aturdida por el silencio atroz y el pánico infundido por el viento blanco que acababa de comenzar, luego de cuatro interminables horas, decidí esperar una más. Si para las cinco de la tarde no aparecían, arrancaría el vehículo para pedir ayuda. De otra forma, la ininterrumpida nevada y el viento, cubrirían por completo las ruedas impidiéndome moverlo.

Cinco de la tarde.

Encendí el motor y arranqué, cuesta abajo, hacia Caviahue.  Lucas aferrado a mí, percibiendo el terror que me embargaba.

Cuando llegué, una hora después, la noche comenzaba lentamente.

Subieron doce gendarmes y un oficial. Otros doce, en el unimog.

Volver a subir la cuesta. Yo manejaba. Rodeada de extraños, con uniformes verdes. Fornidos. Alcancé a escuchar el susurro de uno de ellos a su superior. Hablaban de Diego y de su padre, y de las pocas posibilidades de un final feliz.

Los conduje hasta el lugar donde habíamos estado esperando.

La noche caía implacable.

Mientras se bajaban todos y organizaban la búsqueda, veo a lo lejos dos siluetas esquiando directo hacia nosotros.

No participé de la algarabía de todos.

Abracé a Diego cuando lo tuve a mi lado. Respiré nuevamente al verlo sano.

Y finalmente, se acercó.

Rodeado de dos patrullas de gendarmes, Miguel se aproximaba con los brazos abiertos diciéndome: -” Vivi,  ¿qué pasó? ¿te asustaste?”-

Con el puño cerrado, mi brazo derecho salió de la nada, eyectado.  La trompada le dio en el medio del pómulo izquierdo, con tal fuerza que, el metro noventa, de noventa kilos, cayó para atrás con estremecedor ruido. Los esquíes que aún llevaba puestos, se deslizaron hacia adelante.

Los hombres de verde corrieron en su ayuda, para frenar la inevitable caída derechito al precipicio.

Mujer de poco llanto, pude sentir sin embargo, mis lágrimas cayendo en absoluto silencio.

Nunca supe cómo pude.  Nunca supe que podía.

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