Hablemos del maltrato

Definamos:

El maltrato emocional o psicológico se da en aquellas situaciones en las que los individuos significativos de quienes depende el sujeto lo descalifican, humillan, discriminan, someten su voluntad o lo subordinan en distintos aspectos de su existencia que inciden en su dignidad, autoestima e integridad psíquica y moral.” (Wiki)

Reflexionemos:

Es domingo. Las farmacias de turno son muy pocas. Y el medicamento que necesito solo lo tiene una que, paradójicamente, se llama  Farmacia Del Pueblo, sita en Juan B. Justo 302, de la ciudad de Neuquén, Argentina,  perteneciente a Salvado Hnos. SA, y mi factura de compra es la nº 0601-00988078. Es el mediodía del 19 de marzo de 2017.

Medicamentos 2

Ahí va el cuentito:

Había una vez, un día en que me sentí maltratada, humillada y ofendida, sometida a la voluntad de una persona que ni siquiera conozco. Algo había que hacer. Mi profe, en la facu,  me enseñó que “todo comunica, lo que se dice y lo que no”. 

Elegí decir.

Todo empezó el día anterior cuando, asado de por medio y buen malbec en la mesa, uno de mis hijos me preguntó por qué el Estado de Bienestar funcionaba maravillosamente en los países escandinavos y por qué, en cambio, a nuestro país, yo lo llamaba Populismo.

Sorbé mi garganta con el malbec y arranqué con la docencia: “Hijo mío, el problema no está en cuál idea política es mejor. El problema está en nosotros”, reconocí.

Gabriel ya sabía pero insistí:  lo situé geográficamente.

“Los países nórdicos son Noruega, Suecia, Dinamarca (incluyendo a las Islas Feroe), Finlandia e Islandia”, le expliqué.

“Muchos observadores definen al Estado de Bienestar como un sistema intermedio entre la economía capitalista y la economía socialista. Los que apoyan la idea sugieren que los países nórdicos  han encontrado una manera de lograr uno de los más altos niveles mundiales de igualdad social sin coartar el espíritu innovador o empresarial (por ejemplo, el empresario sueco Ingvar Kamprad -propietario de IKEA- es uno de los hombres más ricos de Europa).  El partido es la Social-Democracia”, continué.

“En palabras simples, hijo mío, el Estado es grande pero, aunque subsidia a los desocupados, temporalmente, nadie quiere ser subsidiado. Los empleados públicos son muchos pero ellos hacen su mejor esfuerzo y le dedican muchas horas de trabajo al día. De esta forma, la educación es gratis, pero la mejor; no hay clínicas, hay hospitales de vanguardia, y nadie vive debajo de un puente. Esa es la principal diferencia cultural entre ellos y nosotros”, aseveré. “A nosotros nos cuesta entender que este barco es de todos y que debemos respetarnos unos a otros con el mayor esfuerzo”.

Y llegó la temida pregunta:

“¿Por qué?”, dijo Gabriel.

Y arranqué como pude… “Porque nosotros vivimos con la idea de que el Estado es alguien más. Cuando vemos que alguien se abusa en sus funciones, tendemos a dejarlo pasar con resignación”, reflexioné.

“¿Y yo qué puedo hacer para contribuir a la evolución?”, preguntó el inquisidor.

“Involucrarte!. En cualquier área, en cualquier momento, en cualquier lugar, cuando veas algo que no está bien, comunícate.”

Hoy al mediodía, atrapada en mis propias palabras, fui maltratada en la farmacia de turno, al ir, enferma, a comprar un medicamento. El local estaba cerrado. Desde adentro, alguien me señaló con el dedo, la ventanilla diminuta que había en un costado. Sorprendida, me acerqué. Apenas si distinguía la presencia de la empleada, ya que la banderola estaba alta (me obligaba a estar en puntas de pié), y los 30 cm de pared la alejaban inexorablemente de mí, lo cual hacía que no escuchara lo que me decía.

Yo mientas tanto, a pura vereda, en puntas de pié, hablando con alguien que no veía, cual pecadora en confesión, el tránsito fluido y ruidoso detrás mío, comencé a sentirme indigna. A los gritos,  me dijo que solo tenía la caja grande, de veinte comprimidos y que salía quinientos pesos argentinos.

Enferma como estaba, solo atiné a asentir en todo lo que vaya a saber Dios, me decía.

Desapareció por un rato. Yo aproveché ese momento para buscar el dinero. Siempre en la vereda, en puntas de pié, abrí mi cartera, busqué mi billetera, conté los cinco billetes, totalmente expuesta y vulnerable.

Si la banderola es a prueba de ladrones, qué queda para mí, que me descubrí de repente,  con todas mis pertenencias al alcance de cualquiera.

Esta  descortés, indigna y peligrosa forma de atenderme, probablemente esté amparada por alguna descabellada ordenanza municipal. Qué bueno, proteger al comercio poniendo en peligro al consumidor!

Yo no soy político, pero si tuviera el poder, al menos exigiría un espacio cerrado,   más seguro, como es el caso de los cajeros automáticos de los bancos, por ejemplo…

Según las estadísticas que me informa periódicamente WordPress, mi blog es leído (inexplicablemente), en Estados Unidos, Alaska, España, Islandia y Francia.

Dudé si escribía al respecto o no. (¿Me avergüenza?). Sentí que si callaba, toda la tarde de ayer con mi hijo, sería pura hipocresía.

A esa parte del mundo que me lee, le aclaro que mi Argentina es hermosa. Y su gente también. Solo queda alguna minoría dispersa, que maltrata. Pero estamos mejorando.

Estamos en eso.

Estamos en eso.

 

 

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