La casa de la laguna

 

Cachorro zip

Fotografía de Traphitho

Capítulo Uno:  Su único amigo

Con no más ayuda que la de Hugo, el portero donde había vivido estos últimos siete años,  terminó de cargar su pesado equipaje, a la camioneta 4×4 recién comprada.

A pesar de su insistencia en que partiera con la luz del día,  Olivia se despidió con cariño y arrancó, a las once de la noche,  sin mirar atrás.  Se tentó por un segundo a ver por el espejo retrovisor,  pero hizo con su lujoso departamento, lo mismo que con su vida: dejar todo lo que formó su pasado y mirar solo hacia adelante.

Al frenar en el semáforo en rojo, no pudo sino bajar el vidrio y corresponder a la genuina preocupación del desconocido conductor del automóvil de al lado quien, viéndola llorar de esa forma, le hacía señas inquisidoras.

No podía verlo con claridad; las lágrimas impedían una visión clara. La espera del semáforo en verde, se le hizo eterna, sobre todo porque no dejaba de sentir la mirada profunda del conductor de al lado.  ¿Qué aspecto tendría que preocupaba al prójimo?

Verde. Con una pequeña inclinación de cabeza, lo saludó mientras subía la ventanilla de su camioneta. Por varias cuadras pudo advertir el auto a su lado, con el conductor observándola.  No la asustó. Adivinaba su sincera preocupación. Más bien, la molestó. Quería estar sola.

La sincronización de los semáforos, a esa hora de la noche, le permitió salir de la ciudad más rápido de lo calculado.  Y por fin, la ruta. El tráfico del acceso a la gran ciudad, era intenso, y peligroso. Pero no disminuyó la velocidad. Francamente, no le importaba nada.

Viajó toda la noche, hacia el sur, rumbo a la casa de la laguna, distante mil quinientos kilómetros de su departamento.  Solo paraba para cargar combustible. Aprovechaba para estirar las piernas y despabilarse. En la madrugada, ya con el sol naciente en el horizonte, vio un bulto que se movía, a la vera del camino de montaña. Frenó. Se bajó. Y encontró a un ser tan triste como ella; y tan solo. Era un pequeño cachorro abandonado. Lo tomó en sus brazos, le sonrió, lo llamó Tom, y lo subió a su camioneta.

Y todo cambió. El pequeño animal, dejó el piso de la camioneta donde lo había acomodado Olivia, y buscó su regazo, para acurrucarse sin moverse más. La escena era simple pero, la sensibilidad en carne viva de ella, la hizo mirarlo con ternura. Tom la miró con sus ojitos lánguidos, de agradecido.

El clima dentro de la cabina era distinto. Olivia puso música, el sol de la mañana hacía brillar los picos nevados, y Tom dormía plácidamente. Sintió un alivio dentro de su pecho. Un recreo para su alma adolorida. Después de todo, solo habían pasados unas horas desde que sentenció que nunca volvería a confiar en nadie; y eso comprendía el resto de su vida.  Sin embargo, sentía que un nuevo ser había aparecido de la nada; alguien a quien brindarle sus mejores sentimientos, alguien leal, que la querría incondicionalmente. Tom.

De seres humanos, ni hablar. Nunca más. Había tenido suficiente.

La tranquera de troncos anunciaba la llegada a la cabaña.

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