Nahuel

 

Carpa indígena

Capítulo Cinco:  La Enfermedad

Podía escuchar el silbido de su propia respiración que, aunque entrecortada, era constante.  Los pocos momentos de conciencia eran muy confusos. Solo alcanzaba a distinguir la figura del extraño de pelo largo, que no se separaba de su lado. Y de una viejecita a quien él llamaba “-chóó “- (abuela).-

Reconocía su brazo musculoso debajo de su cabeza, a la altura de la nuca, cada vez que él la levantaba con delicadeza, para hacerle tragar un brebaje amargo.

La altísima fiebre mojaba la manta de algodón que envolvía su cuerpo desnudo. Recordaba con pudor, que la renovaban dos veces al día.

La neblina permanente que emanaba del eucalipto encendido inundaba ese extraño lugar donde se encontraba: el “tepee”, una vivienda de forma cónica, de más de dos metros de altura. El espacio era grande, con una fogata en el medio.

Habían pasados tres semanas cuando finalmente, pudo distinguir el día de la noche. Aunque aún le costaba respirar, pudo sentarse, ayudada por sus brazos viriles, para comer sus primeros sólidos.

Sus miradas se encontraron.

-“¿Dónde estoy?”- preguntó Catalina con dificultad.

-” En mi casa”- respondió Nahuel, sosteniéndola.

-“¿Cómo estoy?”- dijo ella.

-“A salvo”- respondió él.

Y volvió a dormirse. Pacíficamente.

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