Nahuel

 

Primavera

Capítulo Seis: La recuperación

Para la cuarta semana, Catalina, en franca mejoría, ya podía comer, mantenerse despierta casi todo el día, y sobre todo respirar. Estaba en calma. Solo se inquietaba cuando Nahuel salía de la tienda.  No volvía la serenidad, hasta verlo entrar.

Esa mañana despertó, y  lo vio dormir a su lado. Era la primera vez que ella amanecía antes que él. Un sentimiento distinto la invadió mientras lo miraba. Después de todo, le debía la vida. Y su virtud.

Ya sabía que se llamaba Nahuel. En ese tiempo de somnolencia alternada, sintió su nombre muchas veces. Adivinó cuán importante era él para su gente. Era consultado por todo.

Mientras pensaba, seguía mirándolo dormido. La sorprendió su súbito despertar. Ya era tarde para desviar la mirada. Se encontraron.

-“Buen día”- dijo Nahuel, acomodándole el mechón rubio que caía sobre sus ojos.

-“Buen día”- contestó tímidamente Catalina.

-“¿Cómo te sentís hoy?”-

-” Mucho mejor”- aseveró Catalina.

Nahuel se incorporó rápidamente y al llamado de “-chóó “-, apareció la viejecita que Catalina reconoció enseguida. Traía comida. Cuando estuvieron sentadas frente a frente, con las piernas en cruz, Cata la tomó de las manos y le dijo con una ternura infinita:

-“Gracias, por estar”.  Chóó asintió con la cabeza y contestó en un idioma que Catalina no conocía. Pero se entendieron.  De inmediato apareció Nahuel, con un especie de tonel de madera, cortado a la mitad. A partir de allí, entraban de una, las mujeres del lugar, trayendo agua en alcántaras de cerámica. Todas la saludaban con una sonrisa tímida, palabras que Cata no entendía, pero que adivinaba. Una de ellas, Sharanda,  se atrevió a abrazarla. Catalina la reconoció.

Al terminar de llenar la “barrica”, Catalina descubrió con algarabía, que un baño caliente la esperaba. Nahuel estaba reticente a salir de la tienda, no por lesivo. Después de cuatro semanas de asistirla gravemente enferma, conocía del cuerpo de Catalina, cada centímetro. Sino por la simpleza de no querer separarse de ella ni un minuto. Pero la orden de Sharanda y la mirada penetrante de Chóó, lo convencieron.

Ayudada por las dos mujeres apaches, se dejó caer en los inmensos placeres de un baño caliente y reparador. Sharanda le hablaba sin parar, señalándole todos los bultos acomodados prolijamente, en el otro lado de la tienda: Su equipaje!  La alegría no tuvo disimulo, haciendo reír a las dos mujeres. Catalina señaló uno de sus baúles, y Sharanda comenzó a poner en el agua, todo lo que encontró. De inmediato, el perfume de sales, lavandas y flores, inundó la “tepee”.

Sharanda desenredó con paciencia el largo cabello rubio, y lo dejó suelto, a pesar de las protestas de Catalina. Las tres mujeres hablaban distinto, pero se entendieron todo. Un sentimiento profundo nació allí, que nunca acabaría.

Eligió el vestido más sencillo. Tuvo permiso de “Chóó” para salir de la tienda, un ratito.

La nieve había cedido con la llegada inminente de la primavera.

Y entonces lo vio.

Y entonces la vio.

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