Sobreviviendo

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Capítulo Uno  

“Como un mar, alrededor de la soleada isla de la vida, la muerte canta noche y día su canción sin fin.” (Rabindranath Tagore)

 

 

Siento que no puedo respirar. Me hundo lento e irremediablemente, a pesar de mis esfuerzos sobrehumanos. La profundidad del océano se hace más y más oscura. Soy consciente de que me estoy muriendo. Hago desesperadas brazadas para llegar a la superficie.  Me estoy ahogando. Sin embargo, por una razón que no alcanzo a entender, entra oxígeno a mis pulmones.  ¿Será así, como se siente, en el último minuto?

El agua está tan fría. Tirito.  No puedo mover mis piernas. Miro hacia arriba y cada vez me alejo más de la superficie. Miro hacia abajo, y un negro infinito me impide ver el fondo.  El miedo es aterrador, paralizante.

Solo me distrae una luz penetrante, de tanto en tanto, que viene de arriba. Escucho voces a mi alrededor. Alguien me acaricia la frente. Pero no hay nadie conmigo. Estoy solo. Inmensamente solo.  Tal vez esa luz no está al final de un túnel, después de todo.  Yo la veo viniendo de arriba, como si un rayo de sol atravesara el agua salada.

Por momentos, alcanzo a distinguir las palabras.

-“¿Está seguro que no me escucha, doctor?  Juraría que se movió!”-

-“Lo siento, Tamara. Es solo un reflejo nervioso.”-

Y otra vez silencio.

Y oscuridad.

Algo corre por mis venas. Me energiza. Trato de nadar hacia arriba. Lo intento. Pero la oscuridad me desorienta. Ya no sé dónde está el arriba.  ¿Para dónde nado?

Empiezan a tranquilizarse los latidos de mi corazón. El pánico de saberme morir, me tuvo tan inquieto.

Pero ya pasa, ya pasa. Estoy empezando a apaciguarme.

Sigo hundiéndome.

Pero ya llega.  No el fondo del mar. Sino la paz. Y el silencio.

Puedo sentir una paz infinita.

Estoy muerto, ¿verdad?

¿Qué seguirá ahora? ¿Podré verla aunque ella no pueda? La he amado tanto.

Tantas preguntas sin respuesta. Tampoco sé, después de todo, qué hago en el fondo del mar.

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