Sobreviviendo

Burbuja

Foto de Alexas Fotos

Capítulo Dos  

El amor, como ciego que es, impide a los amantes ver las divertidas tonterías que cometen. (William Shakespeare)
Esa tarde de domingo primaveral, yo paseaba a Toby, por el parque, tratando,  no solo de sacarle el encierro del pequeño departamento citadino que compartíamos,  sino para tratar de recuperar el equilibrio, con esa espantosa resaca, luego de la juerga de la noche anterior, que apenas recordaba. Llevaba mis anteojos oscuros con doble propósito: esconder las ojeras fiesteras  y resistir los rayos tibios del sol que se clavaban desalmados sobre mi, encegueciéndome.
Entonces te vi.  Por Dios! Qué hermosa mujer, me dije. Vos jugabas con Simón, uno de tus dos sobrinos. Soplabas un aro con jabón, mientras corrías sonriendo divertida, perseguida por él, que capturaba tus burbujas y las explotaba.
No muy lejos, tu hermana Raquel, sentada sobre el césped, al costado del mantel a cuadros, miraba la escena, con cierta alegría forzada.
Correteabas como una adolescente, perseguida por los niños.  Conseguiste llamar toda mi atención.  Tenía que inventar algún plan, urgente, para acercarme a vos.
Con menos creatividad que un escarabajo, le lancé la pelota de goma a Toby, en tu dirección, con la esperanza de tener que ir a buscarla.
Pero justo ese preciso día, mi perro por fin aprendió que la pelota se buscaba y se traía. Así que, la trajo. Ni te enteraste. Yo quedé en el mismo lugar, con la pelota en la mano.
Le apreté los dientes al pobre Toby, que no entendía nada. ¿No era eso lo que tenía que hacer?
Tiré varias veces la pelotita en tu dirección, con ansias de tener que ir a buscarla. Pero Toby, obediente, la trajo cada vez.
Urgente, plan B.  Hombre de mundo, incapaz de pensar en algo que surta efecto rápido! Qué momento para blockearme!
Hasta que sobrevino la estupidez.  Y corrí, cuando te tuve cerca, a explotarte una burbuja… Mi metro ochenta y cinco, me hizo ver aún más ridículo.  Pero te diste vuelta.
Y ese par de ojos enormes, fueron un arma mortal. Hundido, me dije.
Me acerqué, sonriente, sonrojado por la idiotez, y me presenté.  No tengo claro si me sonreíste o te reíste, del payaso. La cuestión es que ya estaba a tu lado. La misión estaba cumplida. Ahora solo restaba permanecer.
Debo reconocer que Toby arregló sus errores anteriores.  Se acercó a vos, juguetón, alegre, y te encantó.  Lo acariciaste y así empezamos a hablar.  Caminamos, jugamos, nos gustamos.  La tarde se terminaba y sacarte el número del celular fue una tarea dantesca.
Pero lo tuve.

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