Sobreviviendo

SWISS-ODDLY/

 Foto de Telemundo.com
Capítulo Cinco
Ven a dormir conmigo: no haremos el amor. Él nos hará. (Julio Cortázar)
Elegiste la India y, solo para darme el gusto, diez días en el Himalaya.
Y partimos, en avión. Vos con dos maletas haciendo juego con el bolso y el nécessaire. Yo, con la mochila.
Los veinte días recorriendo la India, fueron realmente enriquecedores. De noche estabas tan cansada, que yo hacía mis diabluras, aprovechándome. Te dejabas.  Yo disfrutaba de tu pasividad, dejando que mis fantasías volaran hasta Marte.
Deportista como soy, no alcanzaban todas esas caminatas bajo el sol, para debilitarme.  Yo tenía cuerda para rato.
Había un especie de acuerdo tácito, con la geografía: de día,  yo te acompañaba a saciar tus ansias de cultura e intelecto, visitando  todos los lugares  del circuito turístico previsto.
De noche, la geografía era mía. Un solo lugar.
El tiempo pasó y partimos hacia el Himalaya.  Cuando llegamos al Tíbet,  el gen travieso y deportista, se apoderó de mí.
Practicaría el slackline.  Gritaste horrorizada. No querías ver. Pero yo, aunque estaba tan alto, quise mirarte.
Y perdí el equilibrio.
Es lo último que recuerdo.
Luego, estaba ahogándome en el mar.  No tengo idea cómo llegué.
Tampoco sé adónde estoy yendo ahora.  Sé que estoy muerto y que subo.  No siento mi cuerpo.  ¿Será mi alma?  ¿Será así este asunto?
Entonces, ¿es mi alma la que está subiendo?
Subiendo adónde?  Habrá un cielo?  O esta oscuridad fría no es agua profunda, sino el universo y yo ya soy energía flotando?
De lo único que estoy seguro es de que te pienso, todo el tiempo. Y que te extraño. Y que quiero verte.  Hasta podría jurar que escucho tu voz.  “No me dejes, mi amor. No me dejes”.
Lo que está de forma permanente, ahora, es la luz. Brillante, estable y arriba.
Voy subiendo en esa dirección.

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