Sobreviviendo

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Capítulo Seis
Donde hay amor hay vida. -Mahatma Gandhi
 Sigo subiendo en dirección a la luz.  No sé dónde estoy. Intento recordar para comprender.  Lo último que viene a mi memoria es que yo estaba muy alto, entre las montañas, practicando slackline sobre una cuerda, manteniendo el equilibrio, apasionado con el vértigo y la adrenalina.  Me distrajeron tus gritos, desde lejos, allá abajo, donde eras diminuta. Recuerdo haber inclinado levemente la cabeza, para verte. Luego todo fue caída. El arnés de seguridad no soportó la presión. El viento a esas alturas convertía mi cuerpo en algo tan liviano.
Pude escuchar los gritos desgarradores del gentío que me veía caer. Pero no supe del ruido de mis huesos al tocar el suelo, ni de la corrida enloquecida que hiciste cuesta arriba, hasta llegar a mí; no pude sentir la tibieza de tus brazos que me contenían; ni las lágrimas de desesperación que rodaban por tus mejillas. No supe de la ambulancia; ni del hospital; ni del coma cuatro que me tiene postrado desde hace un mes.
Comienzo, por fin, a nadar hacia la superficie. La oscura profundidad va quedando bajo mis pies.  Solo me faltan unos pocos metros para llegar. El agua está helada, pero puedo ver los rayos del sol.
La superficie ya está a mi alcance. Todo es color azul. Para abajo, el agua profunda. Para arriba, el cielo infinito.
Siento que me separo de mi cuerpo y que me miro desde arriba de … ¿la habitación?. Tengo puesto un respirador; hay médicos a mi alrededor; y estás vos, sentada a mi lado, abrazándome.  Me hablás con tanta suavidad; pero no puedo responderte. Qué hermosa estás!  No puedo moverme. Te veo desde arriba. Estoy flotando en la esquina de la habitación, al lado de la puerta, pegado al techo.  No sé lo que me estás diciendo, aunque tu boca está tan cerca de la mía. No importa si no te escucho. Me basta con ver cómo me ves. Hay tanto amor en tu mirada, que puedo sentir una extraña pero agradable calidez en mi piel.
Puedo adivinar el movimiento de tus labios diciéndome -te amo, mi vida-
Te respondo enseguida – yo también te amo, mi chiquita- 
Pero no puedo abrir la boca. Hago el esfuerzo, pero no puedo.
Le estás diciendo al médico: -“Siento que se mueve, doctor. Estoy segura que me escucha!”-
“No es posible”-le responde.
Intento desesperadamente decirle -“estoy aquí, te oigo, mi cielo”-. Y, con una fuerza que no sé de dónde sale, abro mis ojos.
Y te veo.

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