Sobreviviendo

Old Man's Hand on Hospital Bed

Foto de thegoodbook.co.uk

Capítulo Ocho

 

En un beso, sabrás todo lo que he callado. (Pablo Neruda)

 Me despierta la luz de la mañana, a través de la ventana.  Me han movido de habitación. Ni me enteré de la mudanza. Aunque han pasado varios días desde que despertara,  aún tengo unos prolongados letargos, que no sé si son producto de las drogas o de mi lentísima recuperación.
Puedo mover la cabeza para ambos lados.  Y mis manos, también.  Del resto de mí, no tengo noticias. Pero dejo de preocuparme porque te veo entrar. Siempre con esa sonrisa, de la que soy único propietario. Sos mi alegría, mi paz, mi todo.
Me besás suavemente, pasás tus dedos por mi cabello y te sentás a mi lado, contándome las novedades del día.  Estamos tomados de la mano.  Yo escucho, atento.
Me doy cuenta que algo pasa hoy. Estás diferente. Hablás sin parar, arrebatadamente. Nerviosa. Alterada. Tratás, sin éxito, de aparentar cotidianidad. Pero no me la creo. Te conozco tanto!
Advierto tu sobresalto al abrirse la puerta:  reconozco a los tres médicos. Entran serios, directos a mí. Adivino que nada bueno sucederá.
Se entrecruzan miradas, hasta que un valiente toma la delantera y me explica que, rota la espina dorsal, no volveré a caminar, pero que…
La larga sanata de todos los avances tecnológicos que podrán recuperarme para llevar una vida, dentro de todo, digna, me pasó por arriba.
Solo escuché hasta “que no volveré a caminar”.  Todo lo que vino después, fue imperceptible a mis oídos. Sé que siguen hablando, por el movimiento de sus labios. Y sus gestos motivadores.
Escucho varias veces la palabra “actitud”. Sigue la alocución. Se interrumpen entre sí, tratando de convencerme de vaya a saber uno qué.
No se dan cuenta que yo apenas respiro. Siento un peso sobre mi pecho, comparable a un camión que se estacionó arriba mío.
Un zumbido continuo y monótono se apodera de mis oídos. Y doy vuelta la cara. No quiero verte. No quiero saber que estás llorando, aferrada a mi mano.  Te suelto.  Intentás acercarte y te rechazo de plano.
Quiero estar solo.  Nadie me entiende. Todos están ahí, incluyéndote y yo solo quiero estar solo.
Miro a la nada.
Hasta que, finalmente puedo pronunciar mis primeras palabras, y gritando, digo:
-“Quiero estar solo”-
Parece ser que nadie está de acuerdo conmigo.  Me pongo irritable.  Un odio repentino invade mi ser; una furia incontenible; me sale un monstruo escondido en mis entrañas; la impotencia que siento parece salida de la peor pesadilla. Nadie quiere irse. Y yo solo quiero estar solo. Un temblor histérico mueve todo mi cuerpo. Y aparece corriendo la diabólica enfermera con la jeringa cargada.
Ahora todo es silencio y oscuridad.

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