Todos conocen su porcentaje. Nadie sabe cuánto vale.

En muchas PyMEs, los socios conocen perfectamente qué porcentaje pertenece a cada uno. El problema aparece cuando alguno quiere retirarse y nadie sabe cuánto vale realmente esa participación.

Todos conocen su porcentaje. Nadie sabe cuánto vale.

En muchas PyMEs, los socios conocen perfectamente qué porcentaje pertenece a cada uno. El problema aparece cuando alguno quiere retirarse y nadie sabe cuánto vale realmente esa participación.

Todos conocen su porcentaje. ¿Pero cuánto vale realmente la parte de cada socio?

Después de muchos años trabajando juntos, uno de los socios plantea que quiere retirarse gradualmente.

No existe una pelea.

Tampoco hay una urgencia.

Simplemente llegó el momento de reducir su participación, dedicar más tiempo a otros proyectos o comenzar una nueva etapa profesional.

Los demás socios comprenden la decisión. Todos saben qué porcentaje le pertenece. La sociedad está constituida, las participaciones están documentadas y, en apariencia, la situación debería ser sencilla.

Hasta que aparece la pregunta más difícil:

¿Cuánto vale económicamente esa parte?

En muchas PyMEs, el porcentaje societario está perfectamente definido, pero su valor no.

Y esa diferencia puede convertir una conversación razonable entre socios en un proceso largo, incómodo y difícil de resolver.

Tener un porcentaje no significa conocer su valor

Decir que un socio posee el 30%, el 40% o el 50% de una empresa informa cuál es su participación jurídica.

Pero no determina automáticamente cuánto dinero representa.

Una empresa no es una cuenta bancaria cuyo saldo puede dividirse de manera directa según los porcentajes de cada socio.

Su valor puede depender de múltiples factores:

  • los resultados que genera;
  • la estabilidad de sus ingresos;
  • la calidad de su cartera de clientes;
  • los contratos vigentes;
  • la capacidad del equipo;
  • su reputación;
  • el conocimiento acumulado;
  • la dependencia de determinadas personas;
  • sus perspectivas futuras.

Por eso, dos empresas con activos similares pueden tener valores económicos muy distintos.

Y también puede ocurrir que dos socios interpreten de manera diferente el valor de una misma participación, aun cuando ambos actúen de buena fe.

Uno puede pensar en todo lo que ayudó a construir durante años.

Otro puede concentrarse en la capacidad real de la empresa para pagar esa salida sin comprometer su funcionamiento.

Ambas miradas pueden ser comprensibles.

El problema aparece cuando nunca se acordó cómo conciliarlas.

Valor contable y valor económico no son lo mismo

Una de las primeras confusiones suele surgir al mirar los estados contables como si reflejaran por sí solos el valor total de la empresa.

La información contable es indispensable para conocer su situación patrimonial, sus resultados y sus obligaciones.

Pero no necesariamente expresa todo su valor económico.

El valor contable surge de criterios de registración.

El valor económico intenta comprender qué capacidad tiene la empresa para generar resultados, sostener relaciones comerciales y continuar funcionando en el tiempo.

Esa diferencia puede ser significativa.

Una PyME puede tener pocos bienes físicos y, al mismo tiempo, una cartera de clientes consolidada, contratos estables, procesos eficientes y una reputación construida durante años.

También puede ocurrir lo contrario: una empresa puede contar con activos relevantes, pero tener dificultades comerciales, concentración de clientes o una fuerte dependencia de una sola persona.

Por eso, la valuación de participaciones societarias no debería reducirse a dividir el patrimonio contable por el porcentaje de cada socio.

La realidad económica suele ser más amplia.

El valor también está en lo que no aparece fácilmente en un balance

En muchas empresas, una parte importante del valor se encuentra en activos intangibles.

No siempre son fáciles de medir, pero influyen directamente en la capacidad de la organización para sostenerse y crecer.

Entre ellos pueden encontrarse:

La cartera de clientes

No es lo mismo una empresa con ingresos ocasionales que otra con relaciones comerciales estables y recurrentes.

La calidad, diversidad y permanencia de los clientes puede modificar significativamente la percepción de valor.

Los contratos vigentes

Los acuerdos comerciales, las renovaciones previstas y la estabilidad de determinados ingresos aportan previsibilidad.

La reputación

Una marca confiable, reconocida en su sector y recomendada por sus clientes puede representar años de trabajo que no se reflejan de manera directa en los activos físicos.

El conocimiento acumulado

Los procesos internos, la experiencia del equipo, la forma de resolver problemas y el conocimiento técnico también forman parte del valor de una empresa.

La dependencia de personas clave

Este punto merece especial atención.

Si gran parte de los clientes, de la operación o del conocimiento depende del socio que quiere retirarse, la participación puede no conservar el mismo valor después de su salida.

Por eso, valuar una parte también exige analizar qué permanece dentro de la empresa una vez que esa persona reduce su intervención.

El momento de definir el criterio no es cuando alguien quiere irse

Cuando un socio ya tomó la decisión de retirarse, cada conversación queda condicionada por una necesidad concreta.

Uno quiere recibir un valor que considere justo.

Los demás necesitan cuidar la liquidez, el capital de trabajo y la estabilidad de la empresa.

Negociar el método de valuación en ese momento puede resultar mucho más difícil que haberlo conversado previamente.

No existe una fórmula universal que funcione para todas las PyMEs.

Cada empresa tiene una historia, una estructura, un sector y una dinámica particular.

Sin embargo, los socios sí pueden acordar con anticipación ciertos criterios.

Por ejemplo:

  • qué información se utilizará;
  • qué aspectos económicos serán considerados;
  • cómo se tratarán los activos intangibles;
  • si participarán asesores independientes;
  • con qué periodicidad se revisará el criterio;
  • qué procedimiento se seguirá ante una diferencia.

El objetivo no es anticipar un número definitivo.

Es acordar el camino para llegar a ese número.

Valuar una participación es solo una parte del problema

Aun cuando los socios logren acordar cuánto vale una participación, queda otra pregunta decisiva:

¿De dónde saldrán los fondos para comprarla?

Una empresa puede tener valor y, al mismo tiempo, no disponer de liquidez inmediata.

Si la compra de la participación exige utilizar caja operativa, vender activos o asumir una obligación importante, la salida de un socio puede afectar el capital de trabajo.

Esto puede generar consecuencias concretas:

  • menor capacidad para pagar proveedores;
  • postergación de inversiones;
  • reducción del margen financiero;
  • dificultades para sostener el crecimiento;
  • mayor presión sobre los socios que continúan.

Por eso, valuación y financiación deberían pensarse juntas.

No alcanza con saber cuánto vale una participación.

También es necesario analizar cómo podría pagarse sin debilitar la empresa que se busca preservar.

Los acuerdos también necesitan mantenimiento

Una conversación realizada hace ocho años puede haber quedado desactualizada.

La empresa puede haber crecido.

La cartera de clientes puede ser distinta.

Las funciones de cada socio pueden haber cambiado.

La participación de determinados clientes o proveedores puede haberse concentrado.

También puede haber nuevas inversiones, deudas, unidades de negocio o integrantes en la dirección.

Por eso, los acuerdos de valuación no deberían quedar archivados como una decisión definitiva.

Revisarlos periódicamente permite verificar si los criterios siguen representando la realidad económica de la empresa.

La continuidad empresaria no se protege únicamente frente a situaciones extraordinarias.

También se protege cuando los socios pueden transitar cambios previsibles sin deteriorar el valor construido.

Una participación definida jurídicamente puede estar indeterminada económicamente

Este es el punto central.

Los socios pueden saber con exactitud qué porcentaje pertenece a cada uno y, aun así, no tener resuelta la conversación más importante.

¿Cuánto vale esa participación?

¿Cómo se calcularía?

¿Qué variables se considerarían?

¿Quién participaría del proceso?

¿De dónde saldrían los fondos?

¿La empresa podría afrontar la operación sin afectar su funcionamiento?

Estas preguntas no son contables, jurídicas ni financieras de manera aislada.

Son preguntas de dirección empresaria.

Porque definen cómo se ordenará una transición, cómo se protegerá la relación entre socios y cómo se cuidará el capital de trabajo.

Una valuación anticipada no elimina todas las diferencias.

Pero ayuda a que las decisiones no comiencen desde cero cuando alguno de los socios desea cambiar su relación con la empresa.

En Jolivet Grupo Financiero ayudamos a empresarios a ordenar estas conversaciones, identificar dependencias y analizar cómo se relacionan la valuación, la liquidez y la continuidad de sus empresas.

Una conversación a tiempo puede transformar una futura negociación incierta en una decisión de gestión mejor preparada.

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